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sábado, 20 de enero de 2018
Oootra vez
A veces, basta un detalle para resumir el todo: Diego Costa reclamando vehementemente a sus compañeros mayor coraje mientras él predicaba con el ejemplo. Ha sido en la primera parte pero podría bien resumir el partido entero, el cual ha mostrado a un Atlético demasiado irregular y funcionarial que ha otorgado una inmerecida alegría a un mediocre rival acumulando deméritos a medida que avanzaba el encuentro. Como el martes contra el Sevilla en Copa. Esta vez ha sido un 1-1 contra el Gerona en Liga pero el sabor a derrota es idéntico. El día de la marmota colchonera.
Pero, como dije el martes, accidentes como éste dejan lecciones interesantes. Por ejemplo, que los minutos de silencio de la afición duran más que los de Jaime Latre, que Diego Costa y Oblak son los únicos argumentos que hay ahora mismo para creer en milagros, que los árbitros en España son como Enrique Iglesias sin autotune y que los cambios, tanto en la vida como en el deporte, hay que hacerlos para mejorar, no para empeorar. Respecto a esto último, puedo llegar a entender a Simeone y quiero pensar que pretendió preservar a Costa (que además parece ser que tenía molestias) y Griezmann para la hipotética hazaña del próximo martes pero los cambios han sido un evidente error (cosa que el Cholo no reconocerá ni bajo tortura) por el momento (la victoria no estaba ni mucho menos asegurada) y, sobre todo, por sus relevos, quienes han demostrado por qué hoy por hoy no pueden ni deben jugar. Claro que tampoco han ayudado a maquillar el circo los "sospechosos habituales", jugadores a los que no se les discute su voluntad pero sí su idoneidad y aportación, jugadores más propensos a cabrear a la hinchada que a alegrarla, jugadores que hoy han saltado como titulares, jugadores a los que cualquier aficionado rojiblanco puede poner nombre. A lo mejor va siendo hora de asumir que, con independencia del estado de forma física, hay jugadores que por diversas razones son más contraproducentes que útiles. Así las cosas, resulta menos raro que la segunda parte haya sido la crónica de una pifia anunciada, una que se ha asentado en una evidente falta de lucidez y de contundencia en ambas áreas.
No obstante, todos conocemos al Atleti: un equipo capaz de complicarse en lo fácil y bordarlo en lo difícil. Y también nos conocemos como afición. Por eso sabemos de sobra que esta incomodidad hemorroidal que tenemos por culpa de los dos últimos percances se cambiará por euforia si el martes el Atleti honra a su historia y afición dando su merecido al Sevilla. Capaz es. ¡Aúpa Atleti!
miércoles, 17 de enero de 2018
Errores de garrafón
¿Mereció perder el Atleti? ¿Mereció ganar el Sevilla? Probablemente la respuesta sea no en ambos casos. Pero la vida es así: 1-2 y a hacer milagros en la ribera del Guadalquivir dentro de una semana.
Lo bueno que tiene cualquier fracaso, dentro o fuera del deporte, es que siempre, siempre, siempre deja lecciones que te sirven para el futuro. Esta noche los atléticos hemos aprendido que el tiempo es una mera convención (para el árbitro Latre un minuto dura 18 segundos) o que no se puede ganar un partido si todo tu centro del campo naufraga o que tan pronto eres el héroe como el villano de la función o la decisiva diferencia entre jugar con Jan Oblak y hacerlo con un portero humano o que Savic es a la velocidad lo que Rajoy a la sintaxis o que Costa sigue a lo suyo (luchar y marcar) o que hay gente dispuesta a atizarte hagas lo que hagas (al Cholo hoy hay quien le critica los cambios "ofensivos" y otros días le critican por cambios "defensivos") o que uno no puede corregir su propia naturaleza (hola, Carrasco) o que "Zombie" suena fantástico en la megafonía del Metropolitano. Lecciones agradables y lecciones desagradables. Como la vida misma.
En líneas generales, el Atlético ha estado demasiado desafinado para lo que exigía la ocasión y si a eso se añade que la suerte ha sonreído al rival pues la derrota parece algo menos absurda. Y digo absurda porque el Sevilla se ha llevado el triunfo más por demérito colchonero (dos errores garrafales del Atlético, dos goles sevillistas) que por credenciales hispalenses. Pero ha ganado. Y los hinchas hemos vuelto a casa como cuando en lugar de haber disfrutado de un copazo te has metido un garrafón entre pecho y espalda.
Ahora toca olvidar el estropicio y pensar en el partido liguero. Ya habrá tiempo para pensar en hazañas coperas. Porque, eso sí: si hay un equipo lo suficientemente rebelde, contrapronóstico, disfuncional e imprevisible como para hacer milagros a prueba de ateos ese el Atlético. Así que, lo pasado, pasado. ¡Aúpa Atleti!
domingo, 17 de diciembre de 2017
Lo que Cerezo no entiende
El Atlético de Madrid es así de peculiar. Tiene un presidente que no entiende qué significa ser del Atleti. Por eso, imagino que anoche Cerezo se acostaría sin entender qué lleva a Fernando Torres a sobreponerse a su declive físico para seguir marcando goles decisivos o qué empuja a Gabi a jugarse la cara y la pierna en cada lance o por qué Filipe Luis siente más y mejor el Atleti que toda la directiva colchonera o qué hacen decenas de miles de personas aguantando el frío invernal en la fresquera del Metropolitano pudiendo quedarse cobijados en su casa.
Lo de Cerezo está claro que no es el fútbol y mucho menos el Atleti; lo suyo es otra cosa, una que no rima con decencia, por cierto. Por eso anoche imagino que el presidente de mi equipo acostaría su jeta de titanio sin entender que ser del Atleti, si no es un sentimiento, es indudablemente una pasión que está por encima de los cuentos y las cuentas de las que Cerezo y cía viven; que ser del Atleti es tener claro que Simeone se irá como un héroe mientras los del palco lo harán como los villanos que siempre serán; que ser del Atleti es saber que Luis Aragonés te representa pero Enrique Cerezo no; que ser del Atleti es celebrar una pírrica victoria contra el Alavés como si fuera una de Champions; que ser del Atleti implica sufrir un partido sí y otro también a incompetentes tan impresentables como Gil Manzano; que ser del Atleti significa sentir a lo grande con la humildad del pequeño; que ser del Atleti es pensar partido a partido porque las grandes hazañas siempre ocurren de la misma manera: paso a paso. Y el de anoche puede que no fuera un paso de flashes y lentejuelas pero fue un paso muy importante para seguir soñando, molestando, insistiendo, compitiendo.
Pero todo esto el presidente del Atleti no lo sabe ni lo sabrá nunca porque ser del Atleti, entre otras cosas, es tener muy claro que el sentimiento siempre será un buen negocio, uno familiar, puesto que se transmite de abuelos a padres y de padres a nietos. ¡Aúpa Atleti!
sábado, 2 de diciembre de 2017
A seguir creyendo
A veces, la lógica, la suerte y el mérito se ponen de acuerdo y organizan un estupendo ménage à trois que deja a todo el mundo con una sonrisa. Esta tarde, en el Metropolitano pasó eso. Tardó en pasar, sí, pero lo importante es que pasó. Y pasó porque el Atleti se parece cada día más al Atleti, afirmación que hace unas semanas sólo se podía hacer con alcohol en sangre y una bufanda en los ojos. Y pasó porque el conjunto rojiblanco demostró en un momento crucial algo vital para ser alguien en la vida, dentro y fuera del deporte; unos lo llaman carácter, otros personalidad y los grandilocuentes lo denominan coraje. Algo tan atlético que está en el himno y en algunos cánticos de la hinchada colchonera ("échale huevos" y otros grandes éxitos).
El principal damnificado de la postrera exhibición de personalidad rojiblanca fue un más que digno rival, la Real Sociedad, que empezó el encuentro adelantándose con merecimiento y acabó superado por la convicción sísmica del Atlético de Madrid. El equipo local no lo tuvo nada fácil por varias razones: la Real no es precisamente una charanga de amiguetes, el realista Rulli fue más Oblak que el propio Oblak, el rojiblanco Correa fue más Vietto que el propio Vietto, la defensa colchonera se metió en más jardines de lo que es esperable en la soldadesca de Simeone y los pases de Thomas venían acompañados de la música de Psicosis. Pero, como el Atleti es así, espabiló enormemente con el 0-1, dejó aparcada en el descanso la peligrosa pachorra de sobremesa y decidió poner calor a la gélida tarde en el Metropolitano, convirtiendo la segunda parte del partido en un combate casi boxístico donde cada conjunto atacó y se defendió con sus propias armas. El público, como un juez de silla, miraba sin pausa de un lado a otro, pero, conforme fueron pasando los minutos, más hacia uno: el del área de Rulli, que agotaba sus vidas en forma de paradones hasta que ya le cayó el Game Over. Ya saben: lo importante no es cómo se empieza sino cómo se acaba. En este caso, 2-1.
¿Por qué ganó el Atleti? Porque demostró que el corazón llega donde no lo hace el talento ni el cuerpo. Y el Atleti, cuando le pone corazón al asunto, es como el New Team de Óliver Atom: a lo mejor tarda treinta episodios y cuatrocientos desesperantes kilómetros de campo pero al final la victoria acaba apareciendo en su lateral del marcador. Una trabajada y merecida victoria que esta tarde sirvió Saúl (el "Señor Lobo" de la Pulp fiction rojiblanca) primero a Filipe Luis y luego a Antoine Griezmann (su abrazo con Simeone debe haber causado una angina de pecho a varias decenas de trolls y haters) para dejar contentos y calientes a sus seguidores. Una justa victoria que mantiene lejos el pesimismo y permite seguir creyendo en un equipo que partido a partido va mejorando sus prestaciones y sensaciones. Todo parece indicar que lo mejor está por llegar. ¡Aupa Atleti!
jueves, 23 de noviembre de 2017
Creer
Lo maravilloso de hacer lo improbable es disfrutar del placer que supone que, por una vez, seas tú quien reescribe el guión a la vida y no al revés. Para eso necesitas fortaleza para aguantar en pie en mitad de la tormenta, confianza para encontrar luz en medio de la oscuridad, convicción para conservar la firmeza en tus pasos, paciencia para evitar que el tiempo te quiebre el ánimo, templanza para no dejarse llevar por el nerviosismo y esperanza para apostar por ti pese a todo y todos. Lo maravilloso de hacer lo improbable es espantar a los carroñeros hambrientos de tu fracaso y a los sepultureros que te toman medidas antes de tiempo. Para eso necesitas hablar con actos y no con palabras, escuchar a quien te quiere incondicionalmente y responder con logros y no con promesas.
Todo lo anterior podría servir para hablar de alguien que se repone de una enfermedad grave o que logra salir del infierno del desempleo o que consigue la machada de sacarse alguna oposición o que supera una coyuntura personal desagradable o que obtiene contrapronóstico un "sí, quiero". Pero no. Estoy hablando del Atlético de Madrid. El deporte tiene estas cosas: a lo tonto te da lecciones sabias. Anoche, el Atlético de Madrid, en un ejercicio de fe más que elogiable, derrotó merecidamente 2-0 a la Roma en un Metropolitano poblado por una hinchada que demostró que, en cuestión de creer, es campeona mundial e indiscutible.
El Atleti, sin hacer un gran partido, hizo méritos suficientes para ganar a un rival que inquietó más por algunas pifias de los locales que por las credenciales mostradas sobre el césped. Y eso que la alineación "de circunstancias" que saltó al campo vistiendo la rojiblanca tenía pinta de carnaza para haters, trolls, ingratos, olvidadizos, nuevos ricos y demás memos. Mala suerte, cretinos. Eso sí, todo hay que decirlo: si el acierto en la alineación puede ser debatible, lo que no admite dudas es que Simeone acertó con los cambios en la segunda parte, dado que permitieron quebrar el partido y el empate. En este caso, cabe destacar que (por fin) Antoine volvió a ser Griezmann: decisivo, pues suyo fue el golazo que abrió el marcador y suya fue la asistencia con la que Gameiro finiquitó el partido.
Lograr hoy el pase a siguiente ronda en Champions sigue siendo tan fácil como mover una montaña...pero es un poco menos improbable. Ya saben: la fe mueve montañas. Y el Atlético de Madrid, en la grada y en el verde, demostró anoche una vez más que a creer nadie le gana. ¡Aúpa Atleti!
domingo, 19 de noviembre de 2017
La línea a seguir
No fue un buen resultado. No fue un buen partido de fútbol. Pero fue todo lo que se le pide a un derbi. Y, además, fue un síntoma de que el Atlético de Madrid quizás ha encontrado esta temporada la línea a seguir. Los sospechosos habituales de Simeone recuperaron la intensidad, la valentía y el ímpetu, añorados desde la mudanza al Metropolitano. Y lo hicieron ante una hinchada que, desde mucho antes del comienzo del choque, demostró estar enchufadísima, lo cual se tradujo en incansables cánticos, gritos o pitos, según lo que aconteciera sobre el terreno de juego. Y lo hicieron contra un equipo, el Real Madrid, que ofreció una versión tan mediocre que el mejor del club merengue anoche fue Fernández Borbalán, pésimo árbitro que de forma delirante está siendo criticado por el Real y sus medios de propaganda en lo que es un sin duda un festival del humor. Es curioso ver cómo reacciona el madridismo cuando la suerte no le sonríe. Cuestión de clase.
Como todo lo que se puede cuantificar puede ser objeto de infelicidad, el empate a cero sabe a Pepsi y la Liga ya tiene cara de Everest. Por eso hay que quedarse con las sensaciones, porque el Atleti regresó al pasado en su búsqueda del futuro: recuperó sus emblemáticos coraje y corazón para convertir el Metropolitano en unas Termópilas donde sus prepotentes vecinos acabaron como Jerjes. El equipo rojiblanco, volviendo a sus añejas señas identitarias, dejó una oxigenante esperanza en el ambiente, una luz al final del túnel en el que anda metido el invicto equipo rojiblanco desde hace semanas, un "así sí" o, al menos, "así mejor".
Pero que nadie cometa la tontería de lanzar las campanas al vuelo...porque es más que probable que aplasten a alguien al caer. Esta es indudablemente la línea a seguir pero no es la meta; la chica te ha dado su número de teléfono, no se ha casado contigo. ¿Por qué no hay que caer en la euforia? Porque Houston sigue teniendo problemas: la puntería sigue en busca y captura, Griezmann continúa de viaje astral, Koke y Carrasco parecen la versión bazar chino de sí mismos y hay jugadores cuyo mayor servicio al Atleti quizá sea el dinero que se pague por ellos al irse.
Dicho esto, toca fruncir el ceño y apretar los dientes: el miércoles llega la Roma y contra ellos no hay empates ni eneros que valgan. Una victoria que pasa por progresar en la línea vista en un vibrante derbi en el que, como dice cierto cántico, el Atleti demostró quién manda en la capital.
miércoles, 1 de noviembre de 2017
Ni truco ni trato
Noche de terror en el Metropolitano, donde se dieron cita todos los fantasmas que atormentan al Atlético esta temporada y que cualquier hincha rojiblanco puede recitar como una tabla de multiplicar. Ni truco ni trato: la nada, la impotencia, la incapacidad empíricamente demostrada. Y lo más preocupante y novedoso es que los pitos han salido de sus tumbas y comienzan a merodear por las gradas como lobos, espoleados por un 1-1 que sólo deja una estela de innegable decepción.
El Atleti quizá quiera pero es obvio que no puede: por eso, siendo honestos, tal vez no merezca pasar de ronda porque no ha hecho méritos ni a la altura de la competición ni a la de su propia historia reciente. Punto. Es como ese mal estudiante que hace los deberes tarde y mal. Y el equipo rojiblanco, hoy por hoy, tiene varios deberes sin hacer. De ahí este sabor a réquiem, este olor a desencanto, esta sensación de crepúsculo.
El Atlético se ha metido solo en un trance tan delicado que ya toda salida del mismo pasa por lo improbable, lo inverosímil, lo milagroso. Y eso es difícil de asumir cuando las expectativas eran fundadamente agradables. Pero es lo que hay: hipótesis, cálculos y conjeturas donde debería haber buenas noticias.
De nada sirve tener un estadio y una afición de Champions cuando la garra, la lucha, la intensidad, el coraje, la ambición caníbal, el corazón deja de ser la norma para ser una excepción, un simple espejismo, como el que se vio al comienzo de la primera parte y durante un buen trecho de la segunda, esa en la que el Atleti se volcó contra el mediocre rival sólo para comprobar que la fortuna sigue mirando al equipo madrileño con ojos de "contigo no, bicho". De nada sirve la efectista retórica del Cholo o las promesas de los estandartes rojiblancos cuando, por ejemplo, el equipo tiene menos puntería que un teletubbi o cuando ver un buen pase en el mediocampo es tan frecuente como encontrarse con Mónica Bellucci en el ascensor. No todo es cuestión de (mala) suerte. También influye el merecimiento. Y el Atleti, actualmente, no hace méritos para merecer otra cosa que no sean estos tropezones.
Así las cosas, a los aficionados sólo nos queda una salida de emergencia: hacer un salto de fe que ni los de Assassin's creed. Fe, sí, porque la realidad no devuelve ya las llamadas. Una situación muy desgradable que será aprovechada por los haters y trolls para seguir esparciendo mierda contra todo y contra todos. A mí el Atleti me enseñó desde niño que querer a tu equipo es innegociable, aunque duela, aunque la lógica te abofetee, aunque no se lo merezca, aunque te deje el ánimo por el suelo y el enfado por las nubes. Allá cada cual. Yo, en esta nefasta y oscura noche, seguiré teniendo como brújula dos palabras: ¡aúpa Atleti!
El Atleti quizá quiera pero es obvio que no puede: por eso, siendo honestos, tal vez no merezca pasar de ronda porque no ha hecho méritos ni a la altura de la competición ni a la de su propia historia reciente. Punto. Es como ese mal estudiante que hace los deberes tarde y mal. Y el equipo rojiblanco, hoy por hoy, tiene varios deberes sin hacer. De ahí este sabor a réquiem, este olor a desencanto, esta sensación de crepúsculo.
El Atlético se ha metido solo en un trance tan delicado que ya toda salida del mismo pasa por lo improbable, lo inverosímil, lo milagroso. Y eso es difícil de asumir cuando las expectativas eran fundadamente agradables. Pero es lo que hay: hipótesis, cálculos y conjeturas donde debería haber buenas noticias.
De nada sirve tener un estadio y una afición de Champions cuando la garra, la lucha, la intensidad, el coraje, la ambición caníbal, el corazón deja de ser la norma para ser una excepción, un simple espejismo, como el que se vio al comienzo de la primera parte y durante un buen trecho de la segunda, esa en la que el Atleti se volcó contra el mediocre rival sólo para comprobar que la fortuna sigue mirando al equipo madrileño con ojos de "contigo no, bicho". De nada sirve la efectista retórica del Cholo o las promesas de los estandartes rojiblancos cuando, por ejemplo, el equipo tiene menos puntería que un teletubbi o cuando ver un buen pase en el mediocampo es tan frecuente como encontrarse con Mónica Bellucci en el ascensor. No todo es cuestión de (mala) suerte. También influye el merecimiento. Y el Atleti, actualmente, no hace méritos para merecer otra cosa que no sean estos tropezones.
Así las cosas, a los aficionados sólo nos queda una salida de emergencia: hacer un salto de fe que ni los de Assassin's creed. Fe, sí, porque la realidad no devuelve ya las llamadas. Una situación muy desgradable que será aprovechada por los haters y trolls para seguir esparciendo mierda contra todo y contra todos. A mí el Atleti me enseñó desde niño que querer a tu equipo es innegociable, aunque duela, aunque la lógica te abofetee, aunque no se lo merezca, aunque te deje el ánimo por el suelo y el enfado por las nubes. Allá cada cual. Yo, en esta nefasta y oscura noche, seguiré teniendo como brújula dos palabras: ¡aúpa Atleti!
domingo, 29 de octubre de 2017
Control + C, Control + V
Control + C. Control + V. Y así todo el rato. El Atlético lleva semanas instalado en un bucle de mediocridad. El partido contra el Villarreal fue una nueva y desgraciada muestra de ello. Analizar aquí los males que aquejan actualmente al Atleti sería repetirse más que una canción del verano y, sinceramente, no quiero. Como no quiero comentar el encuentro en sí porque básicamente volvió a ser más de lo mismo que llevamos viendo de un tiempo a esta parte: un equipo perdiendo puntos más por culpa de sus defectos que de las virtudes del rival de turno. Al menos el partido, sin ser bueno, no fue tan malo como los previos: en el país de los ciegos el tuerto es rey.
Lo único que tengo claro es que conforme pasan los partidos la realidad está más cerca de dar la razón a esa banda de haters oportunistas que llevan semanas trolleando sin piedad ni respeto ni memoria que de dar la razón a Simeone, cuyo discurso acrítico y optimista cada vez resulta menos verosímil en un contexto de creciente frustración y a quien parece que ya no le quedan conejos en la chistera para seguir haciendo magia con este equipo.
Para mí, la cuestión ya no sólo es la escandalosa falta de puntería ni el agujero negro que dejó en el mediocampo la retirada de Tiago ni la porosidad defensiva en momentos decisivos ni ese incomprensible automatismo que lleva a recular hacia la portería de Oblak sin haber sentenciado el partido ni la edad pesando y pasando por encima de la vieja guardia. La cuestión es que a un equipo que basa su razón de ser en competir no le pueden remontar como le están remontando equipos de toda condición. Tan sencillo y duro como eso. Sí, los jugadores rojiblancos compiten, pero no son lo suficientemente competitivos y, en algunos casos, ni siquiera competentes. Por eso el Atleti no está muerto pero se va desangrando camino de esas Urgencias llamadas Enero, con la esperanza de que los doctores Costa y Vitolo no lo reciban demasiado tarde para obrar un milagro digno de Lourdes.
Habrá quien ante todo esto siga recurriendo a la épica o a la retórica o al relativismo o al pataleo. Yo me seguiré dedicando a animar al equipo aunque me sienta como la orquesta del Titanic. Porque en esto consiste ser hincha del Atlético: en animar, animar, animar y volver a animar pese a todo y pese a todos. Algo que, por cierto, harían bien en recordar quienes ayer dimitieron como hinchas durante toda la primera parte.
domingo, 15 de octubre de 2017
Enero queda lejos
1-1. Enero queda lejos y la espera empieza a ser molesta tras las dos últimas citas en el Metropolitano. Dos partidos, dos rivales potentes, dos competiciones distintas, ninguna victoria. Lo peor no son tanto los resultados como esa sensación de que el Atleti es actualmente un Austin Powers sin mojo: las últimas noches ya no acaban con orgasmo de la grada sino con rostros de "vaya tela". Muy probablemente, con la actualización que se descargará en Enero, las prestaciones y el rendimiento del Atlético v.2018 mejorarán notablemente (que no es sinónimo de milagrosamente) y con ellas las sensaciones de la hinchada. Pero hasta entonces quedan las suficientes semanas como para ponerse serio y asumir, sin histerismo ni pesimismo, que esto es lo que hay, para mal y para bien.
A mí, el equipo me parece que está como el gato de Schrödinger: en un "ni sí ni no sino todo lo contrario", en un desconcertante "según se mire". En línea con esto último, hay aficionados que asumen el actual escenario con el conformismo de antiguo pobre porque se acuerdan de esa carnavalesca época en que el Atleti era un equipo del montón; también hay hinchas que despotrican contra esta situación con la soberbia de nuevo rico y creen que este equipo es poco menos que un All Stars que debería dar un meneo a cualquier rival que se le plante enfrente; igualmente, hay colchoneros pesimistas que creen que el fin de los tiempos se acerca del mismo modo que hay rojiblancos optimistas que piensan que en unos meses este Atleti pasará de buena película a peliculón gracias a una metamorfosis digna de "Cuarto Milenio". ¿En qué grupo estoy yo? En ninguno de esos. Yo estoy en el grupo de los honestos que ven cosas buenas y cosas malas, jugadores válidos y jugadores inválidos, decisiones acertadas y decisiones contraproducentes pero que, por encima de todo, nunca van a dejar de animar y creer en el Atleti. La autocrítica, en su justa medida, siempre es positiva y constructiva. Por eso, por ejemplo, me identifico más con las palabras de Saúl anoche tras el partido que con las de Simeone, Koke o Griezmann.
A mí, el equipo me parece que está como el gato de Schrödinger: en un "ni sí ni no sino todo lo contrario", en un desconcertante "según se mire". En línea con esto último, hay aficionados que asumen el actual escenario con el conformismo de antiguo pobre porque se acuerdan de esa carnavalesca época en que el Atleti era un equipo del montón; también hay hinchas que despotrican contra esta situación con la soberbia de nuevo rico y creen que este equipo es poco menos que un All Stars que debería dar un meneo a cualquier rival que se le plante enfrente; igualmente, hay colchoneros pesimistas que creen que el fin de los tiempos se acerca del mismo modo que hay rojiblancos optimistas que piensan que en unos meses este Atleti pasará de buena película a peliculón gracias a una metamorfosis digna de "Cuarto Milenio". ¿En qué grupo estoy yo? En ninguno de esos. Yo estoy en el grupo de los honestos que ven cosas buenas y cosas malas, jugadores válidos y jugadores inválidos, decisiones acertadas y decisiones contraproducentes pero que, por encima de todo, nunca van a dejar de animar y creer en el Atleti. La autocrítica, en su justa medida, siempre es positiva y constructiva. Por eso, por ejemplo, me identifico más con las palabras de Saúl anoche tras el partido que con las de Simeone, Koke o Griezmann.
El Atleti hoy por hoy "sólo" tiene tres problemas: una puntería nivel escopeta de feria, una porosidad impropia de un equipo con merecida fama espartana y una organización que emula a la verbena berlanguiana que se forma en la estación de metro cada postpartido. Todo lo demás sigue igual de bien que siempre. Pero ese "todo lo demás" no alcanza en este momento para alejar el mal de altura. Y el partido contra el Barça ha sido un buen ejemplo porque el Atlético comenzó el encuentro avasallando y lo terminó con uf, uf, uf.
Es una pena haber perdido dos puntos contra un equipo que hace tiempo declaró unilateralmente su independencia de la excelencia y ahora maquilla su mediocridad con las ocasionales apariciones de sus cracks. Es una pena haber perdido dos puntos en un encuentro en el que los errores domésticos y arbitrales escribieron un guión de Hitchcock. Es una pena haber perdido dos puntos en un partido en el que el rival se limitó a parasitar eficazmente la progresiva decadencia del Atleti. Pero es una suerte haber ganado un punto visto el carrusel local de errores no forzados. Es una suerte haber ganado un punto con tanto rojiblanco lejos (o lejísimos) de su mejor versión. Y es una suerte haber ganado un punto para premiar de alguna manera el estupendo desempeño de Oblak y Saúl, los mejores con mucha diferencia sobre el césped del Metropolitano.
Así las cosas, con dos equipos que no merecieron ganar, un empate es algo justo pero desagradable por lo frustrante (y porque supone hacerle un favor a los repelentes Florentino boys).
¿Y ahora qué? A pensar en el siguiente partido porque el pasado no vuelve y el presente no espera. Ni siquiera a Enero. ¡Aúpa Atleti!
jueves, 28 de septiembre de 2017
Bofetón
Si Kiko Rivera intenta aparearse con Mónica Bellucci, todo el mundo sabe el resultado. Por eso anoche el Atleti sufrió una derrota más que justa a manos de un Chelsea que, al menos ayer, demostró estar fuera de su alcance, en todos los aspectos. Ayer el Atlético perdió porque lo que hizo el conjunto inglés fue más y mejor que lo que hizo el madrileño. Tan sencillo y contundente como eso.
El Atleti hizo un partido impropio de un aspirante al trofeo, impropio de una competición tan exigente como la Champions e impropio de un equipo que ya es leyenda. Jugar un partido de este nivel como si fuera un amistoso en agosto suele acabar en requiescat in pace. Más allá de eso, el Atleti eligió un mal momento para cumplir algunas leyes de Murphy (empezando por aquella de "Si algo puede ir a peor...") y varias perogrulladas de una obviedad casi matemática (la edad no perdona, el presente no puede vivir del pasado, la sobrevaloración acarrea disgustos, las piernas y la cabeza no pueden estar peleadas y la realidad no tiene nada que ver con el deseo).
Ahora los aficionados colchoneros podemos dejar que cunda el pesimismo, refugiarnos en el forofismo, pensar que Costa es la Virgen de Lourdes, dedicarnos a señalar jugadores (me parece de mal gusto poner nombre a lo evidente) o tener paciencia.Yo opto por esto último. Pero sí tengo clara la moraleja de esta espantosa fábula nocturna: así no.
¿Qué toca ahora? Algo que los atléticos hacemos muy bien: levantarnos después de caer. ¡Aúpa Atleti!
sábado, 23 de septiembre de 2017
Cuestión de tuteo
Por lo general, las cosas siempre se ponen interesantes cuando se pasa del "usted" al "tú". Da igual si hablamos de lo laboral, lo sentimental, lo sexual o lo deportivo. El partido matinal ante el Sevilla lo demostró. Primero porque la afición evidenció sentirse menos extraña en el nuevo Metropolitano y, gracias a esa incipiente e imparable comodidad con las instalaciones y los compañeros de asiento, las gradas se convirtieron en un rugido de 360 grados y 90 minutos. Y segundo porque, tras una primera parte en la que el Sevilla parecía los suegros a los que conoces por primera vez, el Atleti en el segundo tiempo empezó a tutear al rival andaluz de tal manera que hasta Vietto pareció tener carácter en las venas. No sé si fue el ambientazo en el graderío, la arenga de Simeone en el descanso, la necesidad de ajustar cuentas con el Sevilla al estilo Bodas de sangre o el antojo de almorzarse a los sevillistas como placebo de los bocadillos que afloraron fuera del césped. Fuera cual fuera la razón, el Atlético que salió del vestuario para encarar los últimos cuarenta y cinco minutos despejó cualquier atisbo de duda, crítica o runrún por la curiosa alineación del Cholo. Y lo hizo a base de coraje, corazón y goles: puro catecismo colchonero de la iglesia cholista. El primero en agitar el marcador fue Carrasco, cuyo gol(azo) refrendó un partido que permite soñar con su retorno al mundo de los cracks. Luego le siguió Griezmann, el Stephen Curry de este Atlético, quien demostró saber cómo ligarse a una afición tan especial como la del Atleti, una reconciliación que jugador e hinchada necesitaban con urgencia y que ayer se certificó con la atronadora ovación al ser sustituido tras asistir a su cita con el gol. Por si acaso, en las trincheras, Lucas evidenció que Godín ya tiene un más que digno sucesor mientras que Oblak siguió a lo suyo: ser el mejor portero que hay fuera de los videojuegos y los animes.
En definitiva, una victoria importantísima ante un rival de renombre cuyo mejor jugador fue Juan Martínez Munuera, un monumento al agravio comparativo y la mejor evidencia de que el arbitraje es una buena salida profesional para cualquier cretino.
Es pronto para lanzar campanas al aire y sacar la euforia a pasear pero de seguir esta línea y mantener el nivel en Enero...ojo. Costa is coming (si no lo pone en forma "El profe" Ortega no hay que preocuparse: unos cuantos viajes en la línea 7 de metro en día de partido y se queda hecho un figurín seguro). ¡Aúpa Atleti!
domingo, 17 de septiembre de 2017
Quejas a Charlize Theron
Año 1 dC(Después del Calderón). Moisés pasó el Sinaí, Daenerys Targaryen atravesó el Desierto Rojo y...los atléticos cruzamos Madrid para llegar a nuestra nueva casa. Una mudanza costosa en muchos sentidos: cientos de millones de euros, quince kilómetros, varios meses (y los que faltan), una melancolía en modo okupa...No es fácil encontrar un hogar para tantas ilusiones, tantos recuerdos, tantas pasiones, tantas expectativas, tanta historia, tanta leyenda...pero creo que si el Metropolitano no es un estadio a la altura de la afición y el legado del Atlético de Madrid, se acerca bastante. Y sí, tanto al quinto estadio como al partido inaugural se le pueden poner pegas, peros, quejas y algún que otro reproche. Al Metropolitano se le pueden achacar esos detalles y aledaños adolescentes, a medio hacer, que convierten en aventuras lo que en el Calderón eran automatismos. Al partido contra el Málaga se le puede reprochar esa inoportuna sensación de anticlímax, de incomodidad hemorroidal, de sopa fría, de "menos mal" contra un rival vistoso como el gotelé y cuyo amor por el fútbol habría encantado a Mourinho, Clemente y demás estetas del buen gusto balompédico. El Metropolitano y el Atleti tienen aún evidentes cosas a mejorar para ofrecer su mejor versión pero es cuestión de paciencia y resiliencia, virtudes ambas que están en el genoma rojiblanco. Y aquí conviene que los atléticos recordemos algo: Charlize Theron sin maquillar y con endodoncia sigue siendo Charlize Theron.
Por suerte para el colchonerismo, Correa y Oblak hicieron lo necesario para que el gol de Griezmann supusiera para el Metropolitano lo que el tanto de Aragonés para el Calderón: una feliz anécdota histórica. Una más en una velada llena de ellas gracias a los fastos inaugurales (empezando por los emotivos prolegómenos del partido y acabando por el onanismo pirotécnico final) que agotaron memoria y batería de móviles de tal manera que los recuerdos se agolparon en las retinas de los hinchas como éstos a la puertas del metro para volver a casa.
Así las cosas, seguramente no fue la inauguración soñada por todos para este impresionante estadio pero la victoria de anoche reconforta tanto como comprobar que, más allá de las menudencias e imperfecciones a corregir dentro y fuera del césped, en el Metropolitano está plenamente instalado eso que otras aficiones son incapaces de entender y que es decisivo para el Atleti: el corazón rojiblanco. Ese que late en el ramo de Margarita, en los cánticos del Frente, en las manos que unen a padres e hijos y a abuelos y nietos, en el ondear enajenado de miles de banderas y bufandas rojiblancas, en los nudos en la garganta que encharcan miradas, en el rock atronador que antecede a cada partido, en ese himno que prevalece por encima de lo geográfico y lo temporal, en el rugido feliz al compás de cada gol local, en la fraternidad cómplice entre perfectos extraños, en la pasión que permite que el Atlético salga a jugar con once titulares y casi setenta mil jugadores. Un club único e indescriptible capaz de enamorar a un rey y encandilar a un republicano. Eso es el Atlético. Y eso se notó anoche en el Metropolitano. Habrá quien aún a estas horas prefiera enredarse en todo lo que le falta al estadio y al equipo. Yo prefiero no poner quejas a Charlize Theron. ¡Aúpa Atleti! lunes, 22 de mayo de 2017
Una despedida redonda
Y es que, si me apuras, lo de menos ayer fue el espléndido partido que cuajó un desatado Atleti para celebrar con la afición ser el primero de los mortales (terceros en Liga). Tampoco destacaría como lo mejor el sensacional doblete de Torres, esa leyenda andante que una temporada más se ha remontado a sí mismo
para tapar bocas y dejar en el banquillo a relumbrantes sustitutos. Tampoco subrayaría como lo más notable la retirada del hasta ayer jugador rojiblanco y hoy eterno mito, Tiago, quien en su despedida volvió a dar una clase magistral de cómo desempeñarse como mediocampista y como persona. Ni siquiera fue lo mejor la confirmación a los cuatro vientos de la continuidad la próxima temporada de Simeone, gran chamán, intérprete y psicoanalista de los misterios rojiblancos y, además, terror de acomplejados y envidiosos de todo pelaje.No, para mí, lo más importante de ayer fue todo lo que pasó antes, durante y, especialmente, después del partido que no se puede describir con estadísticas ni con retórica deportiva ni con resúmenes a ritmo de videoclip. Lo más importante de la tarde del "hasta siempre" se podría explicar, salvo a aquellos que no lo pueden entender por mucho que lo pregunten una y otra vez, con una sonrisa, un nudo en la garganta o una lágrima. Porque lo más importante de ayer fue sentir hasta el llanto de felicidad que todos (leyendas del pasado y del presente, trofeos, entrenadores, estadios y aficionados) formamos un mismo cuerpo, una impresionante y entrañable falange que cuenta su historia por gestas contrapronóstico y momentos inolvidables. Esto es el Atleti: una familia por encima del tiempo y el espacio para la
que nada es imposible y que, por eso mismo, es capaz de hacer frente a todos los elementos y contratiempos propios o ajenos, como ha demostrado esta temporada en la que las lesiones (está claro que el Atleti tiene jugadores con un corazón más fuerte que su cuerpo), las inconvenientes y contraproducentes polémicas institucionales (no me hables del escudo que me pongo Wanda), los enrevesados debates estilísticos (el Atleti es un concepto, no una forma), las insidias y la cizaña obsesiva de buena parte de la prensa deportiva (motivo suficiente para dejar de leer como mínimo un par de ¿periódicos?), los decepcionantes rendimientos de algunos jugadores llamados a hacer más y mejores cosas (a estas alturas ya no hace falta explicitar nombres), las imprecisiones en pases y tiros, las tóxicas sobrevaloraciones que han nublado el juicio a algunos aficionados, las bochornosas actuaciones de los árbitros (únicos intervinientes en partidos de fútbol que no son sancionados por actuar contra el reglamento), el descomunal potencial de los rivales y la pura y simple mala suerte han convertido esta travesía 2016-2017 en algo que rima con gesta y termina en hazaña.Acabó así el Calderón, oficialmente en lo que al Atleti se refiere, con una despedida redonda, una inolvidable tarde que no tuvo esa impresionante y mágica lluvia del último partido de Champions porque, en la última tarde del Vicente Calderón, la lluvia no estaba en las nubes sino en los ojos de quienes nos quebramos por pura y sencilla felicidad siendo y sintiendo al Atleti en lo más profundo de nosotros.
Terminan aquí mis crónicas de un abono en rojiblanco, el que me ha permitido disfrutar y reseñar la mayoría de partidos celebrados en el Calderón esta temporada. Quién sabe si la temporada siguiente podré seguir contando las proezas de este equipo de hombres que hacen temblar a los dioses...Pase lo que pase, ha sido un placer. ¡Aúpa Atleti!
domingo, 21 de mayo de 2017
Hasta siempre, Calderón
Como cantó Sabina, yo descubrí al Atleti y al Calderón "con mi papá de la mano", junto con mi hermano (aunque él siguió el camino de los leones de San Mamés). Ahora, tras casi treinta años de aquello y cincuenta de estadio, toca despedirse: crecer es aprender a decir adiós. Y también lo haré con mi padre (es el segundo estadio del Atleti que despide), pero ya no de la mano, sino hombro con hombro. Por eso, a unas horas de decirle "hasta siempre" al estadio del Atlético de Madrid, la melancolía llega antes que los pelos de punta y las lágrimas rodadas.
Extrañaré esa sensación de bajarse en Pirámides y sentirte en casa. Y el olor a alcohol emergiendo desde tus pasos entre latas, vidrios y plásticos camino del Vicente Calderón. Y el efervescente magma rojiblanco en los aledaños del estadio que pone rampante la adrenalina de los que acuden a millares enfilando el Paseo de los Melancólicos que gustan del futbol de emoción. Y el ambiente cómplice, castizo y fraterno en unas gradas llenas de extraños que no se sienten tales. Y las flores de Margarita en el fondo sur. Y el rugido wagneriano de la hinchada cuando pone el corazón en la garganta. Y el estallido de endorfinas rojas y blancas al compás de los goles. Y el privilegio de ver a hombres escribiendo sus nombres en la historia oficial del fútbol y en la crónica íntima de las personas. Y el orgullo de ser parte de ese tipi con el que unos indios a orillas de un río desafiaron los mapas ajenos.
Así pues, que caiga el telón por todo lo alto: despidamos al Calderón como se merece una pareja que nos lo ha dado todo. Y luego, a luego mirar al futuro, porque el hogar nunca es un lugar geográfico sino unas coordenadas emocionales: allí donde esté el corazón, es decir, el nuevo estadio Metropolitano. Un sitio fantástico para que cualquier niño pueda descubrir al Atleti de siempre...con su papá de la mano. ¡Aúpa Atleti!
jueves, 11 de mayo de 2017
El aplauso más largo del mundo
Los madridistas no lo entienden. Ni lo entendieron nunca. Ni lo entenderán jamás.
No
entenderán por qué un equipo al que todo el madridismo daba por muerto
sembró el pánico de principio a fin en el partido de esta noche dejando al Real Madrid sin más recursos que la suerte, las triquiñuelas y el árbitro.
No entenderán por qué un equipo al que intentan perjudicar, desestabilizar, ridiculizar y mancillar constantemente hasta extremos patéticos sigue mirándoles "a los ojitos" como diría el gran Luis Aragonés.
No entenderán por qué nos invade una deliciosa satisfacción al sentir el miedo que nos tiene el autoproclamado mejor equipo del mundo y la Historia porque están demasiado pendientes de gestionar su prepotencia.
No entenderán por qué toda una afición se queda en sus asientos tras un partido bajo una tromba de lluvia cantando y animando a unos jugadores que acaban de ser eliminados en una competición.
No entenderán por qué a las once de la noche de un miércoles diez de mayo en Madrid, en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón, los andenes del cercanías y del metro y los vagones de los respectivos convoys se llenaron de cánticos de alegría y sonrisas de satisfacción de los aficionados rojiblancos como si nuestro próximo destino fuera Cardiff.
No entenderán por qué estamos felices de ser parte de este antihéroe que es el Atleti, capaz de hacer temblar a esa banda de divos que se creen los dioses de un Olimpo situado en Concha Espina.
No entenderán por qué los atléticos preferimos la épica "canchera" al vedettismo hueco que enarbola su equipo porque nosotros somos más de Mahou que de talonarios y champán.
No entenderán por qué entre lo que se puede comprar con dinero y lo que no se puede pagar nosotros siempre nos quedaremos con lo que no cabe en vitrinas sino en corazones.
No entenderán por qué no necesitamos el brillo de trofeos ni la cháchara babeante de la prensa para sentirnos importantes porque a nosotros nos basta con once hombres dejándose el alma para convertir lo impensable en probable.
No entenderán por qué ante las mofas y chulerías madridistas cada atlético, en lugar de ofenderse, sonríe con orgullo y piensa lo que decía cierta canción hace no mucho: "Si esos idiotas supieran que yo soy el hombre más rico del mundo así...".
No entenderán por qué los atléticos detestamos profundamente al Real Madrid en lugar de envidiarlo porque parte de nuestro orgullo, de nuestra inquebrantable dignidad radica precisamente en representar todo lo que el Real Madrid ni es ni fue ni será aunque dure mil años.
No entenderán por qué tenemos como ídolo a un caballero como Fernando Torres en lugar de a un "tipo" como Juanito.
No entenderán por qué los atléticos estamos profundamente orgullosos tanto en la derrota como en la victoria.
No entenderán que ser un campeón no consiste en levantar un trofeo o en quedar los primeros.
No entenderán por qué no fiamos nuestra felicidad ni a cuentos ni a cuentas sino sólo a una pasión sin cláusula de rescisión ni fecha de caducidad.
No entenderán por qué hoy ni un solo atlético se va a acostar triste.
No entenderán que uno no nace ni se hace del Atlético: como las mejores parejas, es el Atleti el que te escoge porque no todo el mundo vale para ser de un equipo cuya única promesa consiste en hacerte sentir vivo.
No entenderán por qué una noche como ésta en la que hemos quedado eliminados de la Champions League y en la que un súbito y furioso diluvio ha cerrado las puertas de Europa al Vicente Calderón es ya, con toda seguridad, una de las más emocionantes, mágicas e inolvidables para los que tenemos el escudo del Atleti a ambos lados de la piel.
No entenderán que nos dan igual los resultados mientras no perdamos el orgullo. Y de eso, de orgullo, vamos sobrados. Especialmente tras noches como ésta en la que el impagable silencio de la hinchada blanca fue el mejor fondo para el aplauso más largo del mundo, uno que duró más de 92 minutos, uno a la altura de un equipo que, gane o pierda, sigue engrandeciendo su leyenda de la mano de un tal Cholo. ¡Aúpa Atleti! (¡Y forza Juve!).
No entenderán por qué un equipo al que intentan perjudicar, desestabilizar, ridiculizar y mancillar constantemente hasta extremos patéticos sigue mirándoles "a los ojitos" como diría el gran Luis Aragonés.
No entenderán por qué nos invade una deliciosa satisfacción al sentir el miedo que nos tiene el autoproclamado mejor equipo del mundo y la Historia porque están demasiado pendientes de gestionar su prepotencia.
No entenderán por qué toda una afición se queda en sus asientos tras un partido bajo una tromba de lluvia cantando y animando a unos jugadores que acaban de ser eliminados en una competición.
No entenderán por qué a las once de la noche de un miércoles diez de mayo en Madrid, en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón, los andenes del cercanías y del metro y los vagones de los respectivos convoys se llenaron de cánticos de alegría y sonrisas de satisfacción de los aficionados rojiblancos como si nuestro próximo destino fuera Cardiff.
No entenderán por qué estamos felices de ser parte de este antihéroe que es el Atleti, capaz de hacer temblar a esa banda de divos que se creen los dioses de un Olimpo situado en Concha Espina.
No entenderán por qué los atléticos preferimos la épica "canchera" al vedettismo hueco que enarbola su equipo porque nosotros somos más de Mahou que de talonarios y champán.
No entenderán por qué entre lo que se puede comprar con dinero y lo que no se puede pagar nosotros siempre nos quedaremos con lo que no cabe en vitrinas sino en corazones.
No entenderán por qué no necesitamos el brillo de trofeos ni la cháchara babeante de la prensa para sentirnos importantes porque a nosotros nos basta con once hombres dejándose el alma para convertir lo impensable en probable.
No entenderán por qué ante las mofas y chulerías madridistas cada atlético, en lugar de ofenderse, sonríe con orgullo y piensa lo que decía cierta canción hace no mucho: "Si esos idiotas supieran que yo soy el hombre más rico del mundo así...".
No entenderán por qué los atléticos detestamos profundamente al Real Madrid en lugar de envidiarlo porque parte de nuestro orgullo, de nuestra inquebrantable dignidad radica precisamente en representar todo lo que el Real Madrid ni es ni fue ni será aunque dure mil años.
No entenderán por qué tenemos como ídolo a un caballero como Fernando Torres en lugar de a un "tipo" como Juanito.
No entenderán por qué los atléticos estamos profundamente orgullosos tanto en la derrota como en la victoria.
No entenderán que ser un campeón no consiste en levantar un trofeo o en quedar los primeros.
No entenderán por qué no fiamos nuestra felicidad ni a cuentos ni a cuentas sino sólo a una pasión sin cláusula de rescisión ni fecha de caducidad.
No entenderán por qué hoy ni un solo atlético se va a acostar triste.
No entenderán que uno no nace ni se hace del Atlético: como las mejores parejas, es el Atleti el que te escoge porque no todo el mundo vale para ser de un equipo cuya única promesa consiste en hacerte sentir vivo.
No entenderán por qué una noche como ésta en la que hemos quedado eliminados de la Champions League y en la que un súbito y furioso diluvio ha cerrado las puertas de Europa al Vicente Calderón es ya, con toda seguridad, una de las más emocionantes, mágicas e inolvidables para los que tenemos el escudo del Atleti a ambos lados de la piel.
No entenderán que nos dan igual los resultados mientras no perdamos el orgullo. Y de eso, de orgullo, vamos sobrados. Especialmente tras noches como ésta en la que el impagable silencio de la hinchada blanca fue el mejor fondo para el aplauso más largo del mundo, uno que duró más de 92 minutos, uno a la altura de un equipo que, gane o pierda, sigue engrandeciendo su leyenda de la mano de un tal Cholo. ¡Aúpa Atleti! (¡Y forza Juve!).
sábado, 6 de mayo de 2017
Respuesta sin tifo
El pasado martes gente que perdió la educación, la elegancia, la humildad y la honorabilidad junto con el cordón umbilical nos preguntaba en un tifo a los colchoneros qué se siente. Harían bien esos individuos en ver la segunda parte del Atlético - Éibar para tener una vaga idea de lo que se siente al ser del Atleti: el inmenso orgullo de pertenecer a un equipo al que nadie nunca le ha regalado nada, un equipo que se levanta siempre que cae, un equipo que jugará mejor o peor pero siempre estará compitiendo contra todos los elementos, un equipo que irá una y otra vez contra lo imposible hasta conseguir lo inolvidable, un equipo que pase lo que pase siempre tendrá a una afición dispuesta a llevarlo en volandas, un equipo que ante la adversidad le echa coraje y corazón porque el Atleti no es un club hecho para las calculadoras sino para los corazones.
Como decía, harían bien en ver esas personas de camiseta blanca y alma negra en ver la segunda parte del partido contra el Éibar en la que el Atleti convirtió un partido con pinta de inquietante despropósito en otro partido bastante distinto que acabó de forma memorable. Y lo hizo sin brillo pero con alma, con mucha alma; sin hacer un juego extraordinario ni mucho menos pero echándole orgullo, el orgullo que lleva a un central como Godín a correr la banda como un lateral y centrar como un mediapunta un balón que Saúl mandó al fondo de la portería vasca, el orgullo que permitió aguantar como gladiadores las embestidas del Éibar, el orgullo de darlo todo cuando ya no te queda nada, el orgullo de ser un equipo que encarna todo lo contrario de lo que representan clubs como el Real Madrid, porque, las cosas como son, hay más grandeza en el sudor de la camiseta rojiblanca de Saúl Ñíguez que en todas las vitrinas del Santiago Bernabéu.
La mediocre primera parte fue la típica en la que no sabes si el vaso está medio lleno o medio vacío. La segunda despejó las dudas: medio lleno. Por desgracia para el Atleti y su afición y el fútbol en general el árbitro Fernández Borbalán, quien es al arbitraje lo que el ébola a la salud, decidió que también la segunda mitad era un buen momento para lograr que todo un estadio se acordara de su señora madre y ancestros varios montando un show que acabó con Godín expulsado (como extraña compensación por no haber expulsado antes a Filipe Luis) y el Vicente Calderón con ganas de obsequiar al pésimo colegiado con un dos de mayo. Por suerte, el tensísimo y desagradable epílogo concluyó para dar paso a algo que es puro y simple Atleti: en los marcadores apareció un mensaje "no lo pueden entender" mientras en las gradas la inmensa mayoría de aficionados nos quedamos aplaudiendo y cantando y animando al equipo como si no hubiera un mañana y...entonces la plantilla al completo del Atlético volvió al césped y dio una vuelta al campo demostrando a todo el mundo por qué ciertos vecinos no pueden ni podrán entendernos a los atléticos. Y es que el Atlético de Madrid es una familia, no un matrimonio de conveniencia...¡Aúpa Atleti!
miércoles, 3 de mayo de 2017
El día después
El Real Madrid ganó el partido y el Atlético de Madrid lo perdió. Uno puso todo para llevarse la victoria y otro puso todo de su parte para llevarse un revolcón y tres cornadas. En los locales, todos hicieron lo que se espera de ellos; en los visitantes, Griezmann y Oblak fueron los únicos en estar a la altura que la competición, la afición (bravo por esos 4000 valientes que fueron al Bernabéu) y la propia leyenda exigen. Tan sencillo como eso. Tan simple como que sin actitud, sin convicción, sin coraje, sin compromiso, sin carácter el Atleti deja desnudas las suficientes carencias para recordar que lo que ha hecho y hace el Cholo con esta plantilla está más cerca del milagro que de la lógica. Pero en una noche en la que hasta Simeone se equivocó no hay hueco para las excusas: ni bajas ni fatiga ni ayudas arbitrales ni mala suerte. Anoche Santa Bárbara tronó y todo el decálogo del Cholismo se desvaneció como si estuviera escrito en vao. En resumen: el Atleti hizo justo lo que esperaban esos malnacidos madridistas restregando el recuerdo de Lisboa y Milán: ponérselo inauditamente fácil a un equipo que es pura pegada firmando una tragedia con sabor a ridículo. Fin de las perogrulladas dolorosas.
Dicho esto, a mí lo que más me duele de lo de anoche no fue el qué (la derrota) ni el cuánto (3-0) sino el cómo (dejando al himno y a la afición huérfanos de argumentos). No obstante, no voy a participar ahora en esos aquelarres que nacen al calor de la derrota donde participan hinchas cabreados y trolls oportunistas. Las notas, las facturas y los ajustes de cuentas, por muy merecidos o no que sean, a final de temporada, nunca antes. Pero respeto a quienes quieran dedicar el tiempo a ensañarse con el equipo y/o el entrenador y/o los dirigentes. Tampoco voy a participar en esas guerrillas ilusionadas que no dejan que la realidad les estropee un sueño. El optimismo sólo beneficia a quienes escriben lucrativos libros sobre memeces como el pensamiento positivo. Pero respeto a quienes quieran dedicar el tiempo viendo portentosos jugadores donde no los hay (salvo contadas excepciones) o pensando que esto es una película de Disney donde el "happy end" es obligado. Yo a lo único que voy a dedicar el tiempo es a desear que el próximo miércoles el Atleti honre al Calderón dando la cara como los espartanos en las Termópilas, que acaben el partido con el escudo o sobre él me es igual con tal de que, si esta es la última carga de esta legendaria tropa, sea gloriosa. Los jugadores lo tienen fácil: basta con que recuerden y demuestren todos y cada uno de los motivos por los que cientos de miles de atléticos en todo el mundo les estamos agradecidos ya para siempre. Me es igual el resultado o si pasamos o no la eliminatoria. Lo único que quiero es sentirme orgulloso.
Dicho esto, a mí lo que más me duele de lo de anoche no fue el qué (la derrota) ni el cuánto (3-0) sino el cómo (dejando al himno y a la afición huérfanos de argumentos). No obstante, no voy a participar ahora en esos aquelarres que nacen al calor de la derrota donde participan hinchas cabreados y trolls oportunistas. Las notas, las facturas y los ajustes de cuentas, por muy merecidos o no que sean, a final de temporada, nunca antes. Pero respeto a quienes quieran dedicar el tiempo a ensañarse con el equipo y/o el entrenador y/o los dirigentes. Tampoco voy a participar en esas guerrillas ilusionadas que no dejan que la realidad les estropee un sueño. El optimismo sólo beneficia a quienes escriben lucrativos libros sobre memeces como el pensamiento positivo. Pero respeto a quienes quieran dedicar el tiempo viendo portentosos jugadores donde no los hay (salvo contadas excepciones) o pensando que esto es una película de Disney donde el "happy end" es obligado. Yo a lo único que voy a dedicar el tiempo es a desear que el próximo miércoles el Atleti honre al Calderón dando la cara como los espartanos en las Termópilas, que acaben el partido con el escudo o sobre él me es igual con tal de que, si esta es la última carga de esta legendaria tropa, sea gloriosa. Los jugadores lo tienen fácil: basta con que recuerden y demuestren todos y cada uno de los motivos por los que cientos de miles de atléticos en todo el mundo les estamos agradecidos ya para siempre. Me es igual el resultado o si pasamos o no la eliminatoria. Lo único que quiero es sentirme orgulloso.
Por mi parte, el próximo miércoles estaré en la grada, dejándome la garganta y el alma animando al equipo, porque ser del Atleti no es una afición, es una forma de ser y estar en la vida y de afrontar las cosas. Por eso, hoy, el día después de que un mal sueño se hiciera realidad en el peor momento, en el peor escenario y ante el peor rival, yo sólo puedo y quiero decir una cosa: ¡Aúpa Atleti!
miércoles, 26 de abril de 2017
El himno como refugio
El fútbol es un antídoto letal contra las sandeces que pululan en los libros y las charlas de autoayuda. Querer no es poder ni merecer es conseguir. No basta con eso. De esto sabemos mucho los atléticos por partidos como el de anoche: derrota enormemente injusta ante un equipo que ni quiso ni mereció ganar. Con decir que el Atleti encontró unos rivales más serios en la fatiga, la mala suerte y el árbitro que en el Villarreal está casi todo dicho. Casi; sólo faltaría añadir que Griezmann y Saúl jugaron más y mejor que todos los jugadores que saltaron al césped ayer en el bando castellonense. Sea como fuere, sin hacer un buen partido, el Atleti quiso ganar y no mereció ni empatar ni perder pero perdió. Punto. Todo lo demás es La Historia Interminable. Realidad 1 - Lógica 0.
Mientras pensaba anoche esta reseña regresando a casa, tenía aún la garganta irritada como un neón y unos pensamientos que seguramente están contemplados en el Código Penal con el árbitro Ignacio Iglesias Villanueva como artista invitado. Quizá debería dejarme llevar por la doctrina excusista y quejarme aquí del impresentable colegiado cuya actuación sólo se puede entender bien como malicia, bien como incompetencia (el que vale, vale y el que no a arbitrar en Primera División) o del inhumano calendario que lleva al límite físico a los futbolistas o de la mala fortuna (lesiones, fallos de todo tipo, etc) que se ha encaprichado con los rojiblancos como una groupie preadolescente o de la exasperante irrelevancia de ciertos jugadores colchoneros que no acaban de encontrar su sitio en el Atleti y cuentan su estancia en el club por oportunidades perdidas o de la insidiosa matraca de los medios de desinformación deportiva respecto al Atlético. Pero prefiero hacer algo mejor que todo eso, quizás menos masoquista pero sí más balsámico: acordarme de ese himno que ruge el Calderón como una tempestad. Porque dicho himno contiene lo único innegociable para cualquier colchonero: pelear como el mejor. Otros equipos e hinchadas sólo exigen la victoria como sea, pero el Atleti es un verso suelto entre poemarios de soberbia y prepotencia. El Atleti es el Atleti si lucha, si defiende sus colores, si derrocha coraje y corazón, si compite como si fuera el mejor con independencia de si lo es o no y del resultado. Y eso lleva haciendo el Atleti toda buena parte de sus 114 años de historia (como bien recordaron las nostálgicas pancartas del Frente durante el partido), incluido el partido contra el Villarreal de anoche. ¿Que se perdió? Sí ¿Que hay más honra y orgullo en la derrota rojiblanca que en la victoria amarilla? También. ¿Que poco o nada hay que reprochar al equipo? Cierto.
De todos modos, soy consciente de que hoy en tertulias colchoneras dentro y fuera de Internet se habla mucho, mal y merecidamente del desesperante e indignante Iglesias Villanueva, quien demostró con su esperpéntica actuación que es al arbitraje lo que Leticia Sabater a la música clásica. Pero dedicar tiempo a semejante tarugo (lo del acta postpartido es ya el colmo de la infamia) es robárselo al orgullo que hay que sentir por quienes alegran nuestro corazón dando la cara en Liga y Champions gracias a pelear como el mejor. Así que después de este tropiezo no puedo decir más que una cosa: ¡Aúpa Atleti!
Mientras pensaba anoche esta reseña regresando a casa, tenía aún la garganta irritada como un neón y unos pensamientos que seguramente están contemplados en el Código Penal con el árbitro Ignacio Iglesias Villanueva como artista invitado. Quizá debería dejarme llevar por la doctrina excusista y quejarme aquí del impresentable colegiado cuya actuación sólo se puede entender bien como malicia, bien como incompetencia (el que vale, vale y el que no a arbitrar en Primera División) o del inhumano calendario que lleva al límite físico a los futbolistas o de la mala fortuna (lesiones, fallos de todo tipo, etc) que se ha encaprichado con los rojiblancos como una groupie preadolescente o de la exasperante irrelevancia de ciertos jugadores colchoneros que no acaban de encontrar su sitio en el Atleti y cuentan su estancia en el club por oportunidades perdidas o de la insidiosa matraca de los medios de desinformación deportiva respecto al Atlético. Pero prefiero hacer algo mejor que todo eso, quizás menos masoquista pero sí más balsámico: acordarme de ese himno que ruge el Calderón como una tempestad. Porque dicho himno contiene lo único innegociable para cualquier colchonero: pelear como el mejor. Otros equipos e hinchadas sólo exigen la victoria como sea, pero el Atleti es un verso suelto entre poemarios de soberbia y prepotencia. El Atleti es el Atleti si lucha, si defiende sus colores, si derrocha coraje y corazón, si compite como si fuera el mejor con independencia de si lo es o no y del resultado. Y eso lleva haciendo el Atleti toda buena parte de sus 114 años de historia (como bien recordaron las nostálgicas pancartas del Frente durante el partido), incluido el partido contra el Villarreal de anoche. ¿Que se perdió? Sí ¿Que hay más honra y orgullo en la derrota rojiblanca que en la victoria amarilla? También. ¿Que poco o nada hay que reprochar al equipo? Cierto.
De todos modos, soy consciente de que hoy en tertulias colchoneras dentro y fuera de Internet se habla mucho, mal y merecidamente del desesperante e indignante Iglesias Villanueva, quien demostró con su esperpéntica actuación que es al arbitraje lo que Leticia Sabater a la música clásica. Pero dedicar tiempo a semejante tarugo (lo del acta postpartido es ya el colmo de la infamia) es robárselo al orgullo que hay que sentir por quienes alegran nuestro corazón dando la cara en Liga y Champions gracias a pelear como el mejor. Así que después de este tropiezo no puedo decir más que una cosa: ¡Aúpa Atleti!
domingo, 16 de abril de 2017
Sábado de resurrección
Semana Santa es una época más que oportuna para celebrar resurrecciones...y eso ocurrió a orillas del Manzanares. Con la batalla de Leicester en el horizonte, el Atlético de Madrid salió al ambientazo del Calderón con su segunda unidad, por utilizar la jerga propia del baloncesto o de la NFL. El rival, Osasuna, sólo incomodó mientras los rojiblancos no habituales intercambiaron tarjetas de visita con sus compañeros; el resto del partido, el equipo navarro hizo tantos méritos para no perder como Leticia Sabater para cantar en la Superbowl, por lo que fue la gaseosa ideal para los experimentos de Simeone.
Así, con la fiesta en las gradas (se notó que fue el Día del Niño) y el contrincante inquietando menos que un hare-krishna, todo invitaba para un espléndido marcador primaveral. Y eso pasó: 3-0. En ello resultó decisiva la resurrección de dos jugadores perdidos últimamente en la irrelevancia: Carrasco y Gaitán, dos tipos que ayer recordaron (a la afición y a sí mismos) que pueden estar en cualquier póster del Atleti. Dos jugadorazos que estuvieron bien arropados por la curiosa dupla Thomas-Giménez y las incursiones de Filipe Luis, cuyo nuevo gol demostró que el brasileño es lo único que funciona en la izquierda en España. Dos resucitados pero no los únicos de la tarde: Tiago y Cerci (¡Cerci!) también entraron en el partido para recibir la ovación de niños y mayores, si bien en el caso del italiano con un extra de guasa por parte de la hinchada.
En definitiva: tarde redonda y fenomenal diván para quienes estaban con problemas de autoestima que se saldó con una goleada justa, la cual habría devenido en escandalosa de no ser porque el único tanto de "penalti" que se marcó ayer en el Calderón lo anotó Griezmann en el descanso durante el show que organiza Mahou. Es cierto que el osasunista Sirigu tuvo bastante culpa en el anticlimático final que vivió el Atleti...pero llevar 8 de 13 penaltis fallados esta temporada no se explica por un portero, un jugador o la mala suerte: hay que subsanar ese problema cuanto antes porque ahora mismo cualquier pena máxima en área rival es un chollo para el propio rival y una máxima pena para el equipo y la afición rojiblanca.
De todos modos, por acabar con una nota positiva y realista, para lo que viene, además de corregir el asunto de los penaltis, es imprescindible estar on fire y la mayoría de jugadores del Atleti ya lo están...con la inestimable colaboración del Osasuna. ¡Aúpa Atleti!
Así, con la fiesta en las gradas (se notó que fue el Día del Niño) y el contrincante inquietando menos que un hare-krishna, todo invitaba para un espléndido marcador primaveral. Y eso pasó: 3-0. En ello resultó decisiva la resurrección de dos jugadores perdidos últimamente en la irrelevancia: Carrasco y Gaitán, dos tipos que ayer recordaron (a la afición y a sí mismos) que pueden estar en cualquier póster del Atleti. Dos jugadorazos que estuvieron bien arropados por la curiosa dupla Thomas-Giménez y las incursiones de Filipe Luis, cuyo nuevo gol demostró que el brasileño es lo único que funciona en la izquierda en España. Dos resucitados pero no los únicos de la tarde: Tiago y Cerci (¡Cerci!) también entraron en el partido para recibir la ovación de niños y mayores, si bien en el caso del italiano con un extra de guasa por parte de la hinchada.
En definitiva: tarde redonda y fenomenal diván para quienes estaban con problemas de autoestima que se saldó con una goleada justa, la cual habría devenido en escandalosa de no ser porque el único tanto de "penalti" que se marcó ayer en el Calderón lo anotó Griezmann en el descanso durante el show que organiza Mahou. Es cierto que el osasunista Sirigu tuvo bastante culpa en el anticlimático final que vivió el Atleti...pero llevar 8 de 13 penaltis fallados esta temporada no se explica por un portero, un jugador o la mala suerte: hay que subsanar ese problema cuanto antes porque ahora mismo cualquier pena máxima en área rival es un chollo para el propio rival y una máxima pena para el equipo y la afición rojiblanca.
De todos modos, por acabar con una nota positiva y realista, para lo que viene, además de corregir el asunto de los penaltis, es imprescindible estar on fire y la mayoría de jugadores del Atleti ya lo están...con la inestimable colaboración del Osasuna. ¡Aúpa Atleti!
jueves, 13 de abril de 2017
Spoiler del Cholo
En la previa, Simeone anunció que sería un partido de pocos goles y que la eliminatoria contra el Leicester
("Leister" si nos ponemos británicos) se resolvería en Inglaterra y...no
mintió: 1-0 y todo por decidir. Fue un spoiler en toda regla porque el Atlético controló bien
el encuentro y mereció la victoria pero le faltó algo determinante en
cualquier partido y más en uno de este tipo: rematar, tanto al rival
como a su portería, así que, como predijo el totémico entrenador, todo queda para
la vuelta.
La verdad es que el Atleti ganó por poco (eso dice el marcador) habiendo merecido más (eso dijo el juego): volvió a desempeñarse con seriedad, con más brillo y brío en la primera que en la segunda parte, y cimentó su victoria en jugadores como el goleador Griezmann (que es el auténtico smartphone del equipo) y Saúl (estupendo partido el suyo). La lástima fue que los colchoneros volvieron acusar, por un lado, su falta de pegada ("contundencia" según el diccionario del Cholo) y, por otro, la mejorable actuación de jugadores como Torres y Carrasco, cuya titularidad es hoy por hoy más circunstancial que merecida: si juegan ellos y no otros es porque esos "otros" o no les mejoran sustancialmente o no están siquiera disponibles (o tal vez dispuestos, aunque eso ya es otra historia). Pero, el gran problema del Atleti ahora mismo no es si fulano o mengano son los McLaren-Honda del Manzanares sino que fabricando más pases que tiros es complicado ganar un partido, especialmente cuando muchos de esos pases o son innecesarios o desacertados.
En cuanto al Leicester, demostró dos cosas: que no va a regalar nada y que sus aficionados son los más bulliciosos que han pasado esta temporada por el Calderón (al menos las decenas de ingleses que tuve sentados a mi izquierda, que convirtieron en trending topic en mis oídos las palabras Fuck, What the fuck?, Fucking, Shit y Come on, Leicester!), quizás enfadados con el arbitraje o con el juego de su equipo o con ambas cosas.
Así que, por todo lo hasta aquí dicho,toca sufrir y competir, dos cosas que están en el ADN de todo rojiblanco y que con el Cholo están garantizadas. Este Atleti sabe sufrir y competir donde sea y contra quien sea y, por eso, todo lo que espera a jugadores y aficionados tras el "To be continued" con el que ha concluido este round es simplemente apasionante. ¡Aúpa Atleti!
La verdad es que el Atleti ganó por poco (eso dice el marcador) habiendo merecido más (eso dijo el juego): volvió a desempeñarse con seriedad, con más brillo y brío en la primera que en la segunda parte, y cimentó su victoria en jugadores como el goleador Griezmann (que es el auténtico smartphone del equipo) y Saúl (estupendo partido el suyo). La lástima fue que los colchoneros volvieron acusar, por un lado, su falta de pegada ("contundencia" según el diccionario del Cholo) y, por otro, la mejorable actuación de jugadores como Torres y Carrasco, cuya titularidad es hoy por hoy más circunstancial que merecida: si juegan ellos y no otros es porque esos "otros" o no les mejoran sustancialmente o no están siquiera disponibles (o tal vez dispuestos, aunque eso ya es otra historia). Pero, el gran problema del Atleti ahora mismo no es si fulano o mengano son los McLaren-Honda del Manzanares sino que fabricando más pases que tiros es complicado ganar un partido, especialmente cuando muchos de esos pases o son innecesarios o desacertados.
En cuanto al Leicester, demostró dos cosas: que no va a regalar nada y que sus aficionados son los más bulliciosos que han pasado esta temporada por el Calderón (al menos las decenas de ingleses que tuve sentados a mi izquierda, que convirtieron en trending topic en mis oídos las palabras Fuck, What the fuck?, Fucking, Shit y Come on, Leicester!), quizás enfadados con el arbitraje o con el juego de su equipo o con ambas cosas.
Así que, por todo lo hasta aquí dicho,toca sufrir y competir, dos cosas que están en el ADN de todo rojiblanco y que con el Cholo están garantizadas. Este Atleti sabe sufrir y competir donde sea y contra quien sea y, por eso, todo lo que espera a jugadores y aficionados tras el "To be continued" con el que ha concluido este round es simplemente apasionante. ¡Aúpa Atleti!
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