viernes, 29 de julio de 2016

Un percebe inconstitucional

Cuando despertó, Rajoy todavía estaba allí. Así podría comenzar (y acabar) el cuento tragicómico en el que se ha convertido la España reciente. 

El Percebe, eufemismo que me evita caer en el síndrome de Tourette para hablar de este individuo, lleva ya unos cuantos años siendo el abajo firmante de uno de los pasajes más vergonzosos de nuestra historia, con una habilidad extraordinaria y nada envidiable para alternar el despropósito con el escándalo en su doble faceta de líder de un Gobierno contraproducente y de un partido putrefacto. Por eso, poco o nada extraña que en el "antes", el "durante" y el "después" de las elecciones haya convertido el devenir político e informativo de España en un vaivén entre el vodevil y el esperpento, que da una idea bastante aproximada del nivel intelectual y ético del personal en general y del Percebe en particular, quien se ha transformado en un personaje tan autoparódico y perjudicial como lo fue el infame Rodríguez Zapatero.

Es francamente desagradable y bochornoso constatar un día sí y otro también cómo este zángano irresponsable se ha revelado como el protagonista indiscutible de una versión cañí, casi rozando la astracanada, del célebre cuento "El traje nuevo del emperador" no sólo por su escandalosa desconexión con la realidad sino porque la misma esté sustentada por ese magma de aduladores de sinapsis chisporroteante formado por el Gobierno, el PP y los millones de votantes peperos. Esto último, los votantes del Percebe, debería ser objeto de sosegado estudio para Íker Jiménez y compañía, dado que resulta del todo inexplicable desde un punto de vista racional cómo puede haber gente en España que vote a este prodigio de la teratología política: quizás es porque existen muchos ciudadanos con una sensibilidad de titanio o quizás es que la coprofagia política es una de las parafilias electorales más en auge en los últimos años o quizás sea porque hay millones de españoles que podrían hacer de extras en The Walking Dead. Sea como fuere, el sustento electoral al Percebe, aun respetable desde el punto de vista legal, es del todo incomprensible e indefendible. Lo que no es nada incomprensible es que en torno a Rajoy se hayan agrupado como hongos todo un séquito de pelotas y medradores de serie B dispuestos a sacar tajada de la peculiar idiosincrasia del Percebe: siempre hay moscas donde hay algo que no merece la pena.

No voy a entrar ahora a listar y criticar el "legado" del Percebe ni a repasar los greatest hits de este tipo. Ahí están las hemerotecas y Google para quien quiera refrescarse el bochorno y la indignación. Por tanto, basta con decir que carece de cualquier legitimidad política y ética. Y quien niegue esto o (se) miente o debería mandar su cerebro al taller. El único consuelo y "legitimidad" que tiene el Presidente en disfunciones es el respaldo cosechado en los sucesivos y sonrojantes comicios. En ese sentido, conviene recordar dos cosas. La primera: un 33% no es ninguna mayoría ni en lo político ni en lo democrático ni en lo legal ni en lo matemático; siendo puristas y aritméticos, son mayoría los votantes españoles que no han votado al Percebe. La segunda: Adolf Hitler también tuvo un considerable sustento en votos y no creo que nadie en su sano juicio diga que eso le legitimó en ningún momento para hacer lo que hizo o que le convirtiera en una persona digna de respeto. Por tanto, que el Percebe o cualquiera de sus palmeros se pongan estupendos en sus intervenciones públicas a la hora de reclamar apoyos o de presionar desvergonzadamente a sus adversarios para que lleven al Percebe en andas y arrojando pétalos a su paso provoca el mismo tierno sonrojo que produciría ver a Kiko Rivera exigiendo un Grammy.

De todos modos, lo más preocupante y bochornoso del Percebe no es que viva en una dimensión paralela a la realidad donde no existen ni la sensatez ni la decencia ni la humildad ni la vergüenza. Ni que tenga una jeta con cuyo material se podrían fabricar naves con las que explorar el espacio profundo sin asumir riesgos. Ni que su colosal cobardía sea directamente proporcional a su pereza. Ni que cada una de sus intervenciones derive en una suerte de Scrabble diseñado por los Hermanos Marx. Ni que sea un chollo para los viñetistas y los generadores de memes. Ni que tome al personal por deficiente mental. Ni que confunda a la parte (sus votantes) con el todo (la ciudadanía española). Ni que fusione el deseo (soy la salvación para España) con la realidad (fue peor el remedio que la enfermedad). No, lo más preocupante es que el Percebe ha decidido comportarse como los infames separatistas catalanes, esto es, pasarse por el arco triunfal la Constitución en su huida hacia delante. Que el Percebe actúa como si desconociera la Constitución es algo notorio y objetivo. Sólo así se explica que ignore que en España al Presidente lo eligen los diputados del Congreso, no los votantes (véase sistema parlamentario). O que se tome a chufla los mandatos del Jefe del Estado a la hora de formar Gobierno, como hizo en su día y como ha vuelto a hacer ayer (véase el artículo 99). La Constitución, por muy sobrevalorada que esté, sigue siendo la norma máxima, en la que se sustenta todo lo demás y que representa a todos los españoles. Por eso, que alguien como el Percibe le aplique un barnizado genital es no sólo ofender a la inteligencia sino un insulto a toda la ciudadanía que no no merece ni debe ser perdonado ni ignorado. En resumen: que el Percebe reaccione ante la Constitución como Leticia Sabater ante "Kuala Lumpur" es algo que no se toleraría en ningún país serio. Pero...Spain is different.

Así las cosas, ante este panorama tan enfangado y surrealista, no puedo más que esperar al día en que se tire de la cadena y el Percebe y todo lo que él representa se vayan por el retrete de la Historia. De momento, hasta entonces, toca aguantar su opereta bufa e insoportable en la que los ciudadanos somos las únicas víctimas.  

sábado, 23 de julio de 2016

Noche con verano sin sueño

El jadeo pútrido de las alcantarillas; el soul acharolado de las cucarachas; la luz desmigada en un reguero de calles; las persianas telegrafiando palabras de piel a los voyeuristas; Oberón derramándose como magma sobre el mar siliconado de Titania; el neón brillando sobre los cascotes de un día derretido; las bocas llenas de alcohol o sexo en su romance insomne con el tic y el tac; el rumor eléctrico del ártico oasis de las neveras, los mosquitos haciendo el agosto en sus reyertas rasantes; Puck perdido en el fondo de una botella de garrafón sin el hielo del consuelo; las gotas de sudor cayendo en la tentación; las ventanas abiertas como bocanadas enmarcando la noche; el murmullo del aire acondicionando los sueños; Hermia y Lisandro perdiéndose en un rincón como la sombra de un gato doblando la oscura esquina del tiempo; la vigilia cruel de los desterrados del relajo; las voces ininteligibles que se esfuman en las aceras; los coches sonámbulos horadando el silencio; el pecio siluetado de la ciudad vaciada; el vaivén de cuerpos en su serenata de sábanas; Helena esperando impertérrita que Demetrio le devuelva el mensaje; la promesa mercenaria de una playa donde mudar piel e inquietudes; los relojes rodando hacia un alba fresco como la sonrisa de un niño; la luna pasando de largo en el laberinto de alfileres que sostienen las horas más oscuras como un telón de actores aficionados.
 

Todo esto pasaba en una noche con verano sin sueño.

lunes, 18 de julio de 2016

Una efeméride siniestra, una reflexión

Soy consciente de que escribiendo un artículo sobre esto es muy probable que moleste a personas totalmente antagónicas entre sí. Como dijo Javier Olivares hace no mucho, cuando enfadas por igual a unos y a otros es que estás haciéndolo bien. Dicho lo cual, hora de meterse en faena.

Hoy es 18 de julio de 2016. Eso quiere decir que hace 80 años que comenzó el episodio más siniestro, doloroso y vergonzante que ha tenido España en el último siglo: la Guerra Civil. Ello, a su vez, significa que buena parte de los que vivieron aquello o están muertos o, en su defecto, camino al récord Guinness. Por ese motivo, como ochenta años es tiempo suficiente, merece la pena reflexionar con toda la honradez que permite la aséptica perspectiva y la templanza cronológica. Por eso y porque estoy particularmente harto de que a estas alturas en España se siga pensando y actuando en bandos,lo cual es especialmente absurdo y patético cuando quienes así se comportan no conocieron la Guerra Civil ni el Franquismo ni la Transición. Y porque, las cosas como son, estoy más que frustrado con el hecho de que hablar de la Guerra Civil sin elegir trinchera sea haya convertido en casi un tabú cuando no en una incorrección política.

Una tragedia así no puede ser objeto de eufemismos ni paños calientes ni medias tintas: fue una salvajada indefendible y en la que (digan lo que digan los libros de Historia o los opinadores de bando y bandera o los artistas de postureo en diferido) sólo hubo perdedores: los españoles.

De ahí que sea especialmente necesario intentar obtener alguna reflexión que permita extraer algo bueno de ese Tártaro de tres años que dio paso a una España en blanco y, especialmente, negro. Por esta razón, quiero mostar mis pensamientos al respecto, de la forma más clara, objetiva y concisa posible. Para ello, intentaré desgranarla en epígrafes.

No hubo ninguna Arcadia
Al abordar la Guerra Civil, como se suele hablar con el cerebro apagado y las entrañas encendidas, se tiende al maniqueísmo que lleva a demonizar una cosa y a idealizar su contraria. Un error de bulto muy común. Por eso, conviene dejar claro que ni la II República fue el paraíso en la Tierra ni los sublevados convirtieron España en los Campos Elíseos. La Segunda República, especialmente en sus estertores con el Frente Popular a los mandos, devino en un repugnante sindiós en el cual la democracia se convirtió en una farsa y la ideología en una excusa para una violencia no pocas veces letal (desde 1931, más de 2.200 muertos). Por su parte, el golpe fallido de julio de 1936 sumió al país en un horrible trienio de sangre y fuego que eclosionó en una oscura dictadura que estuvo más pendiente de la revancha y la imposición que de hacer algo positivo. Punto. Sin matices. Sin "y tú más". Sin mitificaciones.

La culpa como arma arrojadiza
Es muy coherente con esa dinámica de bandos el culpabilizar a "los otros" de lo ocurrido. Otro error para aliviar conciencias y ningunear vigas en ojos propios. En mi opinión, el convulso desenlace de la II República puso en bandeja lo que pasó después: abonó el sentimiento de agravio y dio alas al revanchismo, a la venganza. Del mismo modo, los sublevados demostraron de forma atroz que el remedio fue peor que la enfermedad, habida cuenta de que no buscaron el progreso ni la concordia sino un bestial "quítate tú para ponerme yo", haciendo lo mismo que hicieron "las izquierdas" que se cargaron la II República: demonizar y laminar al diferente, al disidente, al que no comulgaba (nunca mejor dicho) con ese batiburrillo de ideas que integraron el astracán ideológico de los golpistas. Por tanto, mejor que estar pendientes de a quién lanzar la culpa es asimilar la vergüenza, puesto que culpa y vergüenza no son la misma cosa.

El ADN de Caín
Lo que pasó en la Guerra Civil no fue sino una muestra más y, de momento, la última al menos en lo que a términos violentos se refiere, de que España o, mejor dicho, los españoles llevan en su idiosincrasia histórica y social el ADN de Caín. España ha sido muy propensa ha romperse violentamente en bandos o a dispararse en el pie o a autolesionarse, como se quiera decir. Por ejemplo, el precedente más cercano a la Guerra Civil lo encontramos en otras sangrientas contiendas domésticas denominadas Guerras Carlistas, que con la excusa de la legitimidad al trono, llevaron a nuestros antepasados a hostiarse con saña. Antes vinieron la lucha entre liberales y absolutistas (ese ya infame y célebre "¡Vivan las cadenas!"), la rivalidad entre afrancesados y patriotas, la contienda entre austracistas y borbónicos en la Guerra de Sucesión y todo un etcétera que contribuyó a crear un magma fraticida que lleva a los españoles a tener una especial afición a tirarse los trastos a la cabeza, sin importar mucho el motivo o, mejor dicho, la excusa para aniquilar al de enfrente. Aquí sólo hemos estado unidos cuando los problemas han venido de fuera y eso es muy triste.

Muertos de primera y de segunda
Al hablar de la Guerra Civil es imposible orillar el asunto de los muertos, ya fuera en combate o represaliados. Lo que sí debería orillarse es esa vergonzosa actitud según la cual unos muertos importan más que otros. No. Todos los muertos importan, con independencia del bando o ideología. Y si este país quiere pasar página de una vez haríamos bien en tener presente eso, porque barbaridades se cometieron a ambos lados del frente (hola, Paracuellos; saludos, Guernica) y porque todos los muertos se merecen una sepultura digna si tienen alguien que los llore. Lo que no puede ser a estas alturas es que existan familias que no sepan dónde están enterrados sus seres queridos o que, peor aún, sabiéndolo no tengan ayuda para darles un lugar honorable donde rendirles tributo. Y no, una fosa común o una cuneta no está dentro de la categoría "lugar honorable". Un animal no se merece estar enterrado de cualquier manera; un ser humano, menos aún.

La desMemoria Histórica
La "Memoria Histórica" es uno de esos conceptos-palabros parido por el eufemismo y la corrección política, pero también y a la postre una herramienta con la que algunos intentan reinterpetar de forma sesgada la Historia y reescribirla en términos de agravios comparativos. A mí me parece fenomenal que se quiera hacer memoria con finalidad balsámica y conciliadora...siempre y cuando se haga en ambos sentidos y no sólo en uno. Por ejemplo, me parece fantástico que se elimine oficial y oficiosamente todo recuerdo de los golpistas y demás bestias pardas del "bando nacional" siempre y cuando se haga lo mismo con otros personajes igualmente siniestros del "bando republicano" (hola, Santiago Carrillo; hola, Dolores Ibárruri). A mí me parece fabuloso que se hable de forma descarnada y crítica contra el Franquismo...pero ojalá se hiciera lo mismo con respecto a lo que pasó en la II República. Por otra parte, me parece lamentable que se ningunee académica y culturalmente a artistas e intelectuales sólo por no ser "republicanos" como me parecería lamentable que alguien fuera tan sumamente imbécil de escaquear a Federico García Lorca o Miguel de Unamuno por no pertencer al "bando nacional", citando dos ejemplos bastante cristalinos. En resumen: la memoria no puede ser un arma al servicio de la revancha sino una herramienta para cicatrizar, aprender y pasar página. Ojalá hubiera más gente que entendiera esto pero, por desgracia, en España hay aún muchas personas a las que "les pone" el maniqueísmo mucho más que la sensatez.

Nada nuevo bajo el sol
Las últimas elecciones han servido para poner de manifiesto que, por desgracia, muchos políticos y votantes siguen con la mente y el corazón puesta en un bando y viven más mirando por el retrovisor que atendiendo al futuro. Todos hemos podido comprobar cómo el "discurso del miedo" y el "discurso de la revancha" siguen gozando de una estupenda salud. A nadie le extraña escuchar o escucharse hablar utilizando términos como "rojo" o "facha". A nadie le escandaliza ver cómo un Ministro condecora a una Virgen o busca explicaciones ultraterrenales a sucesos que poco o nada tienen que ver con los altares ni cómo el PP moviliza a su electorado apelando a argumentos e ideas muy propios de los que esgrimieron los africanistas y demás partidarios del golpe en falso ni tampoco ver cómo Pablo Iglesias, en el fondo o en la forma, parece extraído de aquella época en la que "las izquierdas" decidieron cargarse el país y todo lo que se les opusiera. Y eso, que nadie se escandalice, es preocupante porque que cosas así sigan coleando ochenta años después es para ir al psiquiatra.

Sólo un apunte más: no escribo esto desde la equidistancia sino desde la honestidad. Quizá me equivoque o quizá no. Lo que es seguro es que no escribo por escribir ni para contentar a unos o a otros sino para intentar que esos unos y esos otros comprendan que no hay más que un "nosotros".

Acabo ya pero con la esperanza de que cuando se cumplan los noventa años o el centenario del inicio de la Guerra Civil pueda escribir en este mismo blog que los españoles hemos aprendido a cerrar heridas y a pasar página sin dejar agravios por el camino para afrontar, unidos en nuestras diferencias, un futuro mejor que el que trajo esa reyerta abominable y atroz cuya efeméride se recuerda hoy.               

martes, 12 de julio de 2016

85 años de "Bodas de sangre"

Este año se cumplen 85 desde la escritura de la tragedia Bodas de sangre, obra del malogrado y genial Federico García Lorca.

Para mí, su mejor obra. Una creación que inspirándose en lo concreto (el "crimen de Níjar") alcanza lo universal mientras, simultáneamente, trasciende el realismo costumbrista para enroscarse en lo onírico y lo legendario. Una tragedia que partiendo de la piel (la sensualidad, el deseo, la pasión, el enamoramiento) llega hasta el terreno totémico donde el ser humano queda empequeñecido ante palabras como "amor", "dolor", "muerte".  Un

texto que aunque puede rastrearse en él el eco atronador de la tragedia clásica (el destino fatal e inexorable, los personajes como meros peones de un ajedrez cruel e inaprensible, etc), está
en mi opinión cargado más y mejor que ningún otro texto lorquiano de ese duende magnético, hipnótico, desgarrador y monumental que hizo de Lorca un genio con derecho a la inmortalidad. Una obra en la que las palabras y las imágenes que evocan son auténticos vendavales para la mente y los sentidos. Mi Lorca favorito, en definitiva, sin menoscabo de obras monumentales como La casa de Bernarda Alba o poemarios como Romancero gitano o Poeta en Nueva York.

Mi relación con Bodas de Sangre viene ya de hace muchos años, cuando de crío comencé a leer a quien es desde entonces uno de mis escritores preferidos. Por ahorrar tiempo y espacio: he leído todo de Lorca. Sin embargo, la erupción no llegaría hasta años después, cuando de adolescente fui a ver junto a unos compañeros de grupo de teatro una representación de esta obra en la RESAD: la recuerdo como una de las mejores funciones que he visto. Poco más tarde, de nuevo con los colegas del grupo (que no se llamaba "La fragua y la luna" por azar), tuve la oportunidad/suerte de idear y adaptar la escena referente a Bodas de Sangre dentro de la obra que dedicamos a la vida y creaciones de García Lorca. Por tanto, no hablo por hablar ni por postureo ni por petulancia. Escribo desde la admiración y el cariño inquebrantable por esta extraordinaria tragedia.  

Por todo lo anterior, creo que es una pena que este 85 aniversario haya quedado huérfano de toda conmemoración oficial (aunque teniendo en cuenta cómo se ha tratado a Cervantes...). Igual que es una pena que el teatro no se haya acordado debidamente de esta obra esta temporada. Igual que es una pena que la reciente adaptación cinematográfica, "La novia", resultara tan valiente como fallida.

Lo que no es ninguna pena y sí una gran suerte es tener al alcance de la mano la oportunidad de encontrarse o reencontrarse, según el caso, con personajes tan redondos y colosales como "La Madre", que para mí es sin duda uno de los personajes femeninos más difíciles e importantes que se puede recrear sobre unas tablas, o "Leonardo", quien está más cerca del destructivo Heahtcliff que del ingenuo Romeo y que, por encima de todo, es uno de los personajes masculinos más bestiales de todo el teatro en español. Como suerte igualmente es poder leer pasajes como éste, inserto dentro de uno de los diálogos más impresionantes escritos por Lorca:
LEONARDO:
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
NOVIA:
¡Ay que sinrazón! No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro
y a toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.
Lo dicho, una pena...y una suerte, porque bodas como ésta no se pueden disfrutar todos los días ni en la literatura ni en ningún sitio. Es lo que tienen las obras maestras.

domingo, 10 de julio de 2016

Elogio del fracaso

A esta sociedad no le gustan los perdedores, los fracasados, los caídos. Es alérgica a cualquier cosa que quede fuera de las inoculadas coordenadas del "triunfo" y tiene un despreciativo pavor a todo aquello que no rime con la palabra "éxito". Es inmisericorde con los matices, cruel con sus absolutos...y enormemente estúpida a la hora de dotar de significado y profundidad a esas dicotomías (triunfo-derrota, éxito-fracaso) que se manejan con tanta ligereza, casi con frivolidad, a la hora de valorar o juzgar a una persona o a su trayectoria. La gente tiene demasiada prisa a la hora de hacer leña y, en cambio, no tanta para ser justa. Por tanto, conviene alejarse de ese comportamiento hooligan y borreguil, de esa filosofía de barra de bar, de esa retórica fast-food, a la hora de ponernos Torquemada con la vida o la carrera de una persona. Más que nada porque se incurre en un error similar en torpeza y calibre al de juzgar a una persona por sus logros profesionales o al de valorar el desempeño profesional basándose en lo personal.

Ser resultadistas a la hora de valorar o ponderar a alguien, ya sea en lo personal o en lo profesional, es francamente desaconsejable. El "Mourinhismo" sólo es justificable dentro de un campo de fútbol (y ni aun así). ¿Por qué? Porque estamos, conscientemente o no, excluyendo de la ecuación elementos muy importantes como las circunstancias, la actitud, la finalidad, la intención, la perspectiva...Por eso, a la hora juzgar, hay que tener en cuenta bastantes cosas y no sólo el hecho frío, aséptico y objetivo del resultado. 

Como no me quiero extender demasiado ni meterme en jardines de compleja salida, intentaré hablar desde mi punto de vista personal sobre este asunto. Para mí, la diferencia entre "éxito" y "fracaso", la marca el aprendizaje, la aprehensión del conocimiento adquirido desde el inicio de la acción hasta su resolución. En ese sentido, "éxito" y "fracaso" conforman un mismo y único camino: el del saber. Sin experiencia no hay aprendizaje y sin éste no hay crecimiento. Así las cosas, nada avanza quien no lo intenta y nada cambia quien nada aprende de lo hecho y vivido. Es decir, para mí, los "fracasos" funcionan como herramientas para mejorar y crecer con la misma legitimidad y eficacia que los éxitos. O incluso más, porque hay mucha más lección dentro de un fracaso que dentro de un éxito. Las heridas siempre son las mejores maestras a la hora de evitar unas nuevas. Igualmente, para mí, la distinción entre "triunfo" y "derrota" la marca la actitud, ya hablemos de un proyecto personal o profesional. En ese sentido, lo importante no es si ganas o pierdes sino cómo ganas o cómo pierdes y, aún más crucial, qué haces después del triunfo o la derrota. De ahí que la cuestión verdaderamente importante no sea si caes o no sino qué haces después de caer. Puedes rendirte y abandonarte al victimismo, al pataleo, al shock, al masoquismo...o puedes levantarte. Esto último suele ser más difícil que lo otro porque requiere esfuerzo, actitud, coraje y, para eso, no todo el mundo vale, pero el que lo hace, el que se levanta, ya ha conseguido algo muy importante: acortar distancias con el triunfo. Hay gente que lo tiene muy fácil a la hora de triunfar pero nadie parte con ventaja para levantarse. Eso depende de cada uno. Por eso es tan valioso, porque todo el mundo puede caer pero no todo el mundo se levanta.

Podría haber sustituido esta reflexión por comentarios más célebres y resultones como los de Michael Jordan ("He fallado más de 9.000 tiros en mi carrera. He perdido más de 300 partidos. En 26 ocasiones me confiaron el tiro ganador y fallé. He fallado una y otra y otra vez en mi vida, y por eso he tenido éxito") o de Steve Jobs ("Yo no lo vi entonces, pero que me despidiesen de Apple fue lo mejor que me pudo pasar. La pesadez de ser exitoso fue reemplazada por la liviandad de ser un principiante otra vez, menos seguro de todo. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida") o de Thomas Edison ("No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de como no hacer una bombilla") o, incluso, de Sylvester Stallone por boca de Rocky Balboa ("Voy a decirte algo que ya sabes. El mundo no es todo alegría y color. En realidad es un lugar terrible. Y por muy duro que seas, es capaz de arrodillarte a golpes y tenerte sometido permanentemente si no se lo impides. Ni tú ni yo ni nadie golpea más fuerte que la vida. Pero no importa lo fuerte que puedas golpear sino lo fuerte que pueden golpearte y lo aguantas mientras avanzas. Hay que soportar sin dejar de avanzar. ¡Así es como se gana! Si tú sabes lo que vales, ve y consigue lo que mereces, pero tendrás que soportar los golpes y no puedes estar diciendo que no estás donde querías llegar por culpa de nadie. ¡Eso lo hacen los cobardes! ¡Y tú no lo eres! ¡Tú eres capaz de todo!") pero creo que es mejor ser honesto y hablar desde lo personal. 

Habrá quien piense que digo todo esto por postureo o que vendo el mismo placebo que los libros de autoayuda. Tienen todo el derecho a equivocarse: escribo desde la experiencia. Por eso, espero que este artículo sirva para que quien lo lea no tenga miedo de caer sino de no levantarse porque, en ocasiones, más de las que nos damos cuenta, los errores, los contratiempos, los fallos, las caídas nos hacen mejores...si queremos.

martes, 5 de julio de 2016

Siempre amanece

Te contaré una cosa. Quizá te hayas dado ya cuenta. Muy probablamente. Es algo que con toda seguridad has sentido pero tal vez no hayas reparado en lo que significa. Leer y comprender no siempre son sinónimos. De lo que hablo ocurre en ese momento en que el horizonte se vuelve un reguero de lava, afinando la orquesta de candilejas que tocará por tramoya y trino. Ocurre en ese momento en que las golondrinas cartografían el cielo en un vals delineante que pierde de vista los puntos cardinales. Ocurre en ese momento en el que las ventanas levantan los párpados dejando escapar pequeñas bocanadas de oscuridad. Ocurre en ese momento en que el traje de noche se torna acuarela sobre las dentelladas siluetadas de los edificios. Ocurre en ese momento en que todos los bostezos saben a adagios que escapan como espectros perezosos de cuerpos torpes. Ocurre en ese momento en que todo parece recobrar un pulso que nunca perdió, sonido a sonido, color a color. Pero aquí apenas hay magia. A todo lo que he escrito le sobra ciencia y la falta truco porque es ahí, en el truco, donde está el secreto. El truco que hace que todo esto ocurra después de una noche donde unas sábanas declinan el verbo amar o después de una travesía siniestra de dientes apretados y lágrimas despeñándose mejillas abajo o después de una jornada en la que te aclamaron/autoproclamaste rey del mundo o después de una riña que acaba con un lado de la cama mostrando la geometría del frío o después de una fecha en la que el vacío se busca su espacio en el corazón del tiempo o después de una maratón laboral en la que lo importante es siempre llegar al final (del mes) o después de un remolino de horas en blanco perdiéndose en el desagüe de unos ojos abiertos como gritos o después de que revientes el techo del cielo o después de que bajes al infierno sin escalas o después de que la vida te cambie unilateralmente el guión, el género y el papel o después de que te enteres que la realidad siempre es cuestión de cifras y las expectativas siempre lo fueron de letras o después de que te borren la sonrisa de una hostia o después de que la suerte te pase una nota por debajo de la mesa diciendo que le gustas. El truco que hace que sin importar nada ni nadie, cada veinticuatro horas la página vuelva a estar en blanco, el lienzo limpio y el marcador a cero. El truco que hace que una y otra vez se reinicie la partida, abriéndote de par en par las puertas del "press start", para que tú decidas si las blancas juegan y ganan, si vives de farol o le echas dos "all in" a eso que sientes como tuyo sin serlo que es la vida. El truco que hace que cada mañana sólo importe lo que tienes por delante, que la victoria o la derrota, el triunfo o el fracaso, la alegría o el llanto, los logros o las caídas, la valentía o el miedo, el éxtasis o la agonía sean sólo participios de "vivir". El truco que hace que cada mañana la única certeza sea que la oscuridad queda atrás. El truco que hace que cada mañana recuerdes que, si lo tuyo es la luz, no echarás de menos las estrellas. El truco que, como todo secreto, contiene algo que merece la pena. El truco que, en definitiva, encierra muchas lecciones en sólo dos palabras: siempre amanece.