sábado, 23 de abril de 2016

Entre Miguel y William

Hoy es el día del libro o, lo que es lo mismo, el cuarto centenario de la muerte de los dos autores más grandes de toda la Literatura universal(con permiso de Homero): Miguel de Cervantes y William Shakespeare.

Muy seguramente, hoy las librerías y los centros comerciales provistos de ellas se llenarán en toda España de gente dispuesta a comprar al menos un libro en la mayoría de los casos y a leérselo en el mejor de los mismos. Muy seguramente, hoy Barcelona estará a tope de rosas, libros y firmas, que para eso es San Jordi y el tedio es un dragón que bien merece ser lanceado hasta la muerte. Muy seguramente, hoy los informativos expedirán una catarata de imágenes y testimonios que hagan parecer que España está reconciliada con la Cultura a pesar de Montoro. Muy seguramente, hoy olvidemos con tanto postureo y agitación cultural que el número de homenajes que ha recibido Cervantes en nuestro país por el aniversario de su muerte es similar a los que hemos dedicado a Shakespeare. Muy seguramente, hoy pase todo eso. Mañana ya...

Pero, volviendo al tema, toca hablar de Cervantes y Shakespeare. Para ello, creo que debo remontarme unos siglos más atrás en el tiempo, hasta la Antigüedad concretamente, porque, en mi opinión, tras los clásicos (Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Homero, Jenofonte, Virgilio, Apuleyo...) poco o nada más quedaba por descubrir en Literatura pero ese "poco o nada" quedó subsanado con la aparición Cervantes y Shakespeare. Tras ellos, creo que el resto de autores se limitaron a intentar brillar a su sombra, intentando desmarcarse o imitarlos. Algunos lo consiguieron. Y así hasta hoy.

Dicho esto, intentar quedarse con uno me parece una estupidez. ¿Con qué te quedas? ¿Con el Atlético del Cholo o con el Barça de Guardiola? ¿Con los Bulls de Jordan o los Warriors de Curry? ¿Con Alí o con Tyson? ¿Con Nadal o con Djokovic? ¿Con Rossi o con Márquez? ¿Con los 49ers de Steve Young o con los Patriots de Tom Brady? ¿Con Velázquez o con Goya? ¿Con De Niro o con Pacino? ¿Con Wilder o con Kubrick? ¿Con Spielberg o con Lucas? ¿Con Chaplin o con Groucho? ¿Con Marvel o con DC? ¿Con los Beatles o con los Rolling?...Hay muchos debates que llevan a ninguna parte porque cuando algo o alguien entra en la leyenda a golpe de excelencia no se trata de elegir sino de disfrutar. Lógicamente, esto no quiere decir que no se tengan preferencias. En mi caso, por ejemplo, aunque no quede muy "españolamente correcto", prefiero a William Shakespeare, pero eso no quiere decir ni remotamente que no reconozca que Cervantes y su monumental (en fondo y forma) innovación del Quijote dejaron al resto de narradores simples migajas con las que intentan llegarle a la suela del zapato. "Don Quijote de la Mancha" es uno de los motivos más objetivos que tenemos los españoles para sentirnos orgullosos sin ninguna clase de complejo o matiz, por mucho que la imposición de leerlo a según qué edad sea casi tan contraproducente como leer ese infumable tostón que es, fue y será el "Ulises" de Joyce. No obstante, como digo, prefiero a William Shakespeare, quizás por mi natural simpatía por el teatro, quizás porque pienso que no ha habido autor capaz de reflejar con tanta contundencia e ingenio el alma humana. Tal vez el inmortal García Lorca se le acerque en ese sentido pero...acercarse a Shakespeare es pese a todo quedarse muy lejos, puede que porque alcanzarle sea sencillamente imposible. Al fin y al cabo, mientras Cervantes sólo parió una obra maestra (la del caballero de la triste figura), Shakespeare tiene, bajo mi humilde punto de vista, unas cuantas colocadas en ese estratosférico estante ("Hamlet","MacBeth","El Rey Lear"...).

Podría extenderme más, pero creo que acabaría por caer inevitablemente en la petulancia o el postureo. Así que mejor termino con un consejo para ti que estás leyendo esto: busca un libro, uno bueno, uno que merezca la calificación como "obra literaria" (no todo lo encuadernado la merece) y concédete el gustazo de leerlo. Viajes como los que ofrecen los libros nos reportan ese 21% de evasión onanística tan necesaria en una existencia tan puta y puteada como la nuestra. Y para viajes así, nada mejor que las agencias de Cervantes o Shakespeare.

domingo, 10 de abril de 2016

Los árboles caídos

Hacer leña del árbol caído es, además de una expresión, una práctica tan universal como el ser humano. Deportistas, artistas, políticos, pensadores, héroes, villanos, compañeros de trabajo, parientes, vecinos...nadie se libra de caer en las garras de ese comportamiento revanchista, cobarde, insolidario, ventajista y oportunista. Y menos en España, uno de los países en los que por desgracia el éxito siempre se pone en cuarentena, los triunfadores tienen más puñaladas en al espalda que la toga de Julio César y los fracasos o errores vienen acompañados de un jauría de rabiosos detractores florecida para la ocasión. No obstante, como digo, lo de putear al caído en desgracia es algo universal, es decir, vigente con independencia del tiempo, lugar o individuo del que hablemos. Vamos que lo de un día recibirte con palmas y al otro colgarte de un madero va en el ADN del ser humano desde que bajó de la rama.

En el fondo de esta actitud tan común como reprobable creo que laten tres motivos: Uno, la retorcida asimilación del éxito ajeno como una especie de agravio que subraya nuestras carencias y taras, como una ofensa que nos legitima para cobrarnos cumplida venganza en cuanto cambie el viento en lugar de contemplarlo como un argumento para sentirse orgulloso y un espejo en el que mirarse. Otro, la pésima gestión que hacemos de la envidia, esa que en lugar de servirnos de motor de crecimiento profesional o personal para no tener nada que envidiar a nadie, nos propulsa a actuar como animales al acecho, listos para avalanzarnos sobre el envidiado ante cualquier traspiés temporal o definitivo. Y, finalmente, la cobardía que nos inmoviliza para orillar esa tóxica envidia, para emprender nuestro propio camino y/o para enfrentar a esa persona a la que, conscientemente o no, "tenemos ganas" y no precisamente de darle un abrazo.

En todo ello, subyace a su vez un problema aún más profundo: el significado que le damos al éxito o el fracaso. Para empezar, porque ambos conceptos son relativos puesto que la percepción de uno y otro va por barrios. Para continuar, porque, como consecuencia del disparatado dictado social según el cual todo lo que no sea triunfar es un fracaso, la sociedad percibe el fracaso, la derrota, el error como un motivo de marginación cuando no directamente de "legítima" humillación a su protagonista. Y para terminar, porque hay una excesiva mayoría de personas que, por incapacidad intelectual, pereza ética o falta de ambición, no está dispuesta a entender que, en esta vida, con independencia del ámbito en el que hablemos, el fracaso, la derrota, el error, el fallo, el contratiempo, el problema, nos dicen más y mejor sobre el éxito, el triunfo, el acierto, el remedio o la solución que los propios logros. La vida es un camino, un trayecto constante de continuo aprendizaje y, desde esa perspectiva, nada de cuanto nos pase será bueno o malo si estamos dispuestos a extraer una enseñanza de todo ello. Dicho de otro modo: para evitar fracasar, nada mejor que recordar el fracaso; para alzarse, nada mejor que haber caído; para saborear el Olimpo, nada mejor que un paseo por el Tártaro. A la luz de la experiencia, todo es y será positivo en la medida en la que tengamos la humildad y la paciencia suficientes para dejarnos enseñar, para aprender, para crecer, para saber no sólo ser sino estar en el mundo.

Pero, volviendo al tema del artículo, a nadie se le escapa que me he incluido en este comportamiento tan criticable de hacer leña del árbol caído, no tanto por hacerlo ahora como por haberlo
hecho en el pasado. Cualquiera que haya hecho leña de un árbol caído conoce ese cierto placer que causa ensañarse con quien, merecidamente o no, se haya ganado nuestra antipatía. Nos agrada que nos salpique la sangre y las lágrimas de los caídos puesto que alivian nuestro furor, difuminan nuestras miserias y nos dotan de una irreal y fugaz sensación de superioridad...Un apunte: las drogas también hacen eso y no son buenas. Si todo el tiempo que dedicamos a maquinar, idear o perpetrar venganzas contra otros lo empleáramos en mejorar, en pulir nuestras aristas, en remendar nuestras carencias y en estar pendientes de nuestro propio camino, mejor nos iría. De todos modos, lo peor de hacer leña del árbol caído no es el hecho en sí, sino el momento en que se hace. Atacar a quien ya no le sonríe la suerte, la fama, el éxito, la fortaleza o la fortuna es pura y simplemente patético por lo fácil y por lo cobarde. Es sencillamente miserable e injustificable. Lo valiente, en ese caso, sería encarar a esa persona cuando tiene el éxito por coraza, cuando está en lo alto de la cadena alimentaria de expectativas, cuando rebosa fortaleza, cuando no haya nadie quien le tosa o lleve la contraria, cuando tú estás a su sombra. Por eso, entre otras cosas, hace ya tiempo que decidí dejar atrás toda la inmadura y estúpida mentalidad que hay detrás de este comportamiento que, más que un acto es una actitud ante la vida, ideal para no llegar a ningún sitio deseable a no ser que se sea masoquista, inepto o cabrón vocacional y no es mi caso.

De todos modos, como decía antes, de todo se puede sacar una lección positiva, especialmente cuando eres un árbol caído. En tal caso, uno debe saber que del mismo modo que en la oscuridad surgen cucarachas de los lugares más inesperados, también es el único momento en el que se ven brillar a las estrellas, esas personas que, cuando estás en el suelo, no utilizan su mano para hostiarte sino para ayudarte a levantar; esas personas que, cuando has tropezado, no te señalan con el dedo sino que utilizan ese mismo dedo para indicarte el camino; esas personas que, cuando lo ves todo negro, te recuerdan que el momento más siniestro es el que precede al amanecer. Si, cuando vivamos esas situaciones tan desagradables, nos esforzamos para recordar esto que acabo de decir en lugar de dedicar nuestros esfuerzos al victimismo o a autocompadecernos o a pensar en la venganza, ya tendremos mucho ganado.

Habrá quien, al leer esto, piense que hablo por hablar. No. Hablo desde la experiencia. Hablo como árbol caído. Actualmente, no estoy atravesando una etapa fácil o agradable. Dicho de otro modo, si la vida es una película, hoy por hoy la mía no la firma Disney sino Haneke. Pero no hablo desde el victimismo ni la queja. Eso para los débiles. Hablo desde la convicción de luchar a la sombra si las flechas oscurecen el sol. Recientemente, alguien de mi círculo de amistades aprovechó (de forma tan súbita como torpe) un desencuentro ideológico para "hacer leña" personal conmigo (vía texto), emplazándome a retomar el contacto para cuando yo pudiera "sentirme orgulloso de donde estoy y de lo que he conseguido". En contra de lo que pudiera parecer, el gran error de esta persona no ha estado en querer convertirme en leña sin venir a cuento sino en pensar que no me siento orgulloso de dónde estoy y qué he conseguido. A mí, nadie me ha regalado nunca nada en lo profesional, académico o personal. Por eso, estoy tan orgulloso de mis éxitos como de mis fracasos y, del mismo modo que no me avergüenzo de mis aciertos, no reniego de mis fallos porque unos y otros son caras de la misma moneda: yo, mi vida, la vida. Ni siquiera ahora que estoy en modo "árbol caído" me avergüenzo ni me arrepiento de nada. Al contrario, doy gracias por esta intensa travesía por el desierto que me está enseñando por las malas lecciones que me irán muy bien para vivir por las buenas. Una oportunidad que muchos no tienen o que, cuando la tienen, la desperdician. No es mi caso y menos siendo tan afortunado de tener en estos momentos a mi lado a personas que ponen suficiente luz en la oscuridad. Y conste que no digo esto por exhibicionismo sino por si puede ser de ayuda o utilidad a alguien.

Termino ya con un consejo para todos los que o bien tengan vocación de leñadores o bien se vean en la incómoda situación de árbol caído: una diferencia entre los árboles y las personas es que sólo los primeros, una vez caen, no se pueden levantar más.